De visu

Entradas de Scalaria y j-models BloG
reunidas bajo el mismo paraguas mientras escampa.
Todas fueron escritas de vista y alguna se ha colado sin billete.

[30 junio 2016]

Everyone I know goes away in the end.
You are someone else, I am still right here.
If I could start again a million miles away,
I would keep myself, I would find a way.

[5 enero 2016] Los Guillermos, muerta y resucitada

Andar Córdoba es cruzar las miles de caras del poliedro que la historia dejó en este lugar. Camino al centro, el paseante se acuerda de repente de la tienda de Los Guillermos, que encontró sin buscar en Conde de Gondomar una Navidad anterior. Casi sin reparar en ello, se encamina por apartados senderos urbanos hacia la tienda que quedó sembrada en sus recuerdos de entonces. Al llegar a una esquina, se da de bruces con un  comercio dedicado al braguerío femenino.

–  No puede ser. Estaba aquí.

Para no ahuyentar a la huidiza ilusión, el paseante comprueba el nombre de la calle, sale a las Tendillas a echar una visual por las calles paralelas y perpendiculares a Conde de Gondomar y vuelve con las orejas gachas. Efectivamente, era allí pero la han quitado. Los Guillermos desapareció.

La tienda era bien conocida en toda la ciudad. El paseante aún recuerda de la vez anterior las largas colas hasta la puerta del personal en busca de juguetes para Reyes que le impidieron entrar a bichear. El paseante tiene por costumbre no mezclarse sin necesidad con la masa, no vaya a ser que se le pegue la tontería contemporánea. Los Guillermos era, en efecto, una tienda de juguetes, no de modelismo. Su enorme escaparate, enmarcado en verde, daba impresión de antiguo, y lo era. El comercio original, emplazado en el mismo lugar, se dedicaba a objetos de loza y fue fundado en 1906. Con el paso del tiempo, ya bastante avanzado el siglo pasado, cambió de género y se acabó dedicando a los indios de plástico, las muñecas Mariquita Pérez, los puzzles, y más modernamente al radiocontrol y los drones.

El paseante consulta datos y se le ocurre que el discurrir de este comercio cordobés fue similar al de otro muy popular en Valladolid, Plásticos Santos. O a los antiguos Almacenes El Águila de Almería, cerrados antes de que el paseante emigrase a tierras extrañas. También la juguetería  Alfonso, donde se aficionó a las maquetas de barcos japoneses (cosas más raras se han visto), cerró allí en los 80, cuando a su dueño se lo llevó la parca.

Enterrada Los Guillermos, el paseante se sienta en las Tendillas y se toma un café que le sabe bastante amargo, quiere creer que es por la tienda. La tarde está amenizada por una banda de siete músicos que tocan a la puerta del local. El paseante cuenta un saxofón, una trompeta, dos trombones, una tuba, una caja y un bombo, y cuando acaba su café, la banda ataca Happy de Pharrell Williams a buen ritmo. Después le llega a dar tiempo de oir música latina aderezada con algún tema de película de Walt Disney (no, no era El Rey León, era otra). Suenan bien. El de la caja es el único con gafas de sol y aprieta los labios cuando le da marcha al asunto. Se conoce que le gusta el mamporreo. El personal cordobés se deleita y algunos abuelos, a los que les han jodido la tarde encasquetándoles a los nietos, sacan a los niños a mover el culillo delante de la banda. Se oye un ole con ole y olé, aunque no pega con la melodía porque gracias a los clementes dioses esta banda no se dedica al flamenqueo barato al uso, género del subdesarrollo endémico, eterno.

El paseante junta sus últimas esperanzas y volviendo la burra al trigo, pregunta a un camarero por la tienda.

– Sí, estaba ahí mismo, pero cerró hará…

– ¿Uno o dos años?

– Qué va, más, más. Lo menos cuatro o sinco. Aquello fue la bomba en Córdoba. Salió en todos lados.

Al paseante las cuentas no le salen. Por fin concluye que el camarero es muy joven y tiene un sentido bastante laxo del paso del tiempo. El viejo Einstein ya nos dijo que el espacio-tiempo es curvo, pero no aleatorio, y dos más dos siguen siendo cuatro en las Tendillas o en Andrómeda. Buscando el dato preciso, el paseante leerá luego que la tienda comenzó los preparativos del cierre en septiembre de 2014 con una grandes rebajas. Para su gozo, descubre que Los Guillermos, lejos de estar pudriendo las malvas del olvido, ha renacido con el mismo nombre pero distinto dueño cerca del lugar, en la calle Pastores. Acaso haya tiempo en otra ocasión para acercarse a bichear el nuevo local. Al salir de las Tendillas, el paseante le dedica un último y fugaz vistazo a El Gran Capitán, que queda melancólico jinete sobre la rutina de la plaza mientras oscurece.♦

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[7 abril 2015] En Capua Hobby’s

Capua Hobby’s está en Gijón, en una calle céntrica que corre casi paralela al mar. Decir esto en Gijón es una obviedad, porque toda la ciudad corre y vivirá hasta el final de los tiempos paralela al mar. Encuentro la tienda al azar, buscando la sombra después de andar la balconada del paseo marítimo en un día de fresco poniente, uno de esos en los que dan ganas de hacerse a la vela hacia otras latitudes a empezar, como tantos, una vida nueva. O más bien la segunda parte (y mejor)  de la misma vida.

La tienda tiene una curiosa forma de U, que no sorprende cuando uno repara que el seno de la letra está ocupado por un portal que da acceso a un bloque de pisos. De este modo el establecimiento tiene una puerta y dos escaparates en las dos puntas de los palotes. El local es espaciosos y bien iluminado, tanto que queda bastante sitio para que al fondo echen su partida de Warhammer un par de jóvenes enfrascados en lo suyo. No dan ruido y hablan quedo, asi que el visitante pasa unos instantes concentrado, bicheando las largas estanterías de cajas, bien organizadas por tema, marca y escala.

Es día tranquilo y no hay mucho movimiento, y el que hay es apenas de entrar y salir (compras rápidas o consultas). Los del Warhammer siguen a lo suyo, pero cuando llego al final del periplo bicheador, algún problema debe haberles surgido porque el juego, que transcurría como un partido de cricket entre caballeros de Eton College, se detiene. Uno de los jugadores se queja de algo que se ha roto y en seguida se ofrece el personal de la tienda a ayudarle. Entonces el viajero recuerda haber leído tiempo ha en Google un par de críticas negativas sobre la atención al cliente del establecimiento. Algo no cuadra.

Me llevo un par de cosas rebajadas y cuando me toca el turno, la dueña aparece con un bote de pegamento de regalo, obsequio de la tienda. Al salir reparo en unos libros de Squadron de saldo. Viéndome mirarlos, la dueña vuelve a acercarse.

– Coja los tres que quiera, se los regalo.

– Muchas gracias, pero no sé si…

– Los que quiera, no se preocupe.

Uno le hace caso, (quien manda, manda) y toma lo ofrecido con el pudor de quien parece estar engañando a un inocente. Regomello, le dicen a eso en Almería. El visitante, en los tiempos de “coge-la-pasta-y-corre” en los que vivimos, sigue siendo hogaño el mismo jililea de antaño.

– Nada, no se preocupe. ¿No se las he ofrecido, yo? Se los pongo en la bolsa.

Cuando Margarita, así recuerdo que se llama, se entera de que estoy de paso, también se ofrece a guardar la bolsa en la tienda hasta la hora de apertura vespertina (es casi mediodía) para no tener que andar por Gijón tirando de plástico. A estas alturas, uno ya tiene la certeza de que en Google, como en las redes “suciales”, decir majaderías sale gratis. Por eso hay necios juntaletras a tutiplén por esos lugares. Nada de mala atención al cliente, más bien el visitante se siente abrumado por la amabilidad del personal. En pocos lugares le han tratado así de bien, y piensa que es lástima vivir tan alejado de este lugar. Gijón y Capua Hobby’s tienen ganado un hueco en futuras correrías norteñas.♦

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[13 diciembre 2014] In memoriam: Rafael de Cózar

Aún conmocionado y triste por la trágica muerte de Rafael de Cózar, Fito para los que fuimos a sus clases de la Facultad. Lo recuerdo en el aula con su impenitente Ducados en ristre (entonces se podía humar en cualquier lado) para subrayar con ágiles giros su discurso, que versaba sobre literatura española del Mio Cid a la Celestina. Nos hablaba del misoginismo de El Corbacho, del Laberinto de Fortuna, de las Cantigas de Alfonso X, saltando por analogía a la época de Teresa de Jesús, a la que apeaba el “Santa” porque, decía, “es santa para la Iglesia, pero no para la Literatura”. Al llegar a La Celestina nos explicó el por qué y el cómo del plan de la alcahueta para que Calixto se “cepillase” a Melibea. Usando el “cepillado” transgredía el aire y se aproximaba a las mentes juveniles que le escuchaban, porque Rafael era a la vez biunívoco y biyectivo, un vanguardista en la vida y un clásico en el trabajo.

Lo recuerdo bajito y escueto en sus primeros treinta años, con su andar ligero y nervioso, los libros y apuntes en la mano y un gran manojo de llaves colgados con un mosquetón por fuera del pantalón que le daban el toque rítmico a sus andares, yo le apodaba “el amo de llaves de la Facultad”. Fito vestía jersey de cuello vuelto en invierno y chaleco sin mangas como los de los vaqueros del Oeste en entretiempo. También gastaba barba a la Souvarov que le daban aire de haber estado en Jartum con el general Gordon. Al final los extremos se tocan y la vaguardia se retuerce hasta tocar la retaguardia.

Aquel año fui a la presentación de su antología de narradores andaluces actuales (de entonces) en la biblioteca pública de la calle Alfonso XII. Magnífica noche de otoño, lleno hasta la mitad, mala iluminación, ningún compañero de clase y Rafael con su hablar quedo y envolvente, el mismo del aula. Ni un duro para comprar el libro por entonces (mi padre en paro y no había para dispendios), pero lo encontré de saldo muchos años después rebuscando en librerías de viejo.

En la revista de la Facultad, de la que consevo algún número, descubrí que Rafael era también pintor, pintor de palabras. Me gusta la gente que borra las fronteras y transgrede los límites entre conceptos y artes. Él no era como otro histriónico de su mismo departamento, que realizaba supuestos “happenings” culturales en la Plaza de la Gavidia con váteres y globos con motivos poéticos para perturbar a los viandantes y que resultaba ser, además de tontolhaba, un profesor horrendo.

Como siempre ocurre en estas circunstancias, jamás se me habría ocurrido pensar que Fito iba a tener tan trágico destino. No lo hubiese creído aunque lo profetizase el mismísimo oráculo de Delfos (que también metía la gamba en días alternos). Después de apagado el fuego que quemó casa y biblioteca, ahora que no está, ojalá renazca cada día su memoria, como el Ave Fénix, de las llamas.♦

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hobby-sur-sevilla1[23 marzo 2014] Adios a Hobby Sur

Hace menos de dos meses visitaba por última vez Hobby Sur, la tienda de maquetas de toda la vida (de casi toda mi vida) en Sevilla, sin saber que aquella sería la postrera ocasión en la que vería a Antonio tras el mostrador. Hoy me he topado con el cierre echado, los escaparates vacíos, correspondencia sin recoger bajo la puerta y un cierto desorden en lo poco que podía verse del interior, que hacía suponer un desalojo rápido sin mirar atrás, como esos que uno hace para evitar el dolor de desperdirse de los lugares donde ha sido feliz. Miento: aún quedaba un diminuto helicóptero colgado del techo de uno de los escaparates. Se conoce que lo dejaron allí, libélula muerta dentro de un acuario, como mudo testigo de lo que una vez fue y ya no volverá a ser.

La tienda venía pasando por dificultades. El radio-control ya no daba lo que otros años dió en  reparaciones y ventas, las maquetas menguaban (aunque en mi última visita los estantes no estaban en sus horas más bajas por lo que pude ver) y además no tenía sitio web, lo que le impedía competir con otros negocios del ramo. Hobby Sur estaba cada vez más solo. Resulta irónico que, tras cruzar el océano de la crisis durante estos largos años, la tienda se nos muera al llegar a la orilla, justo ahora que dicen (habrá que verlo) estamos saliendo del agujero. Ahora el negocio abre con otro nombre fuera de Sevilla, en un polígono industrial donde Dios perdió las zapatillas y que no pienso molestarme en buscar.

¿Qué habrá sido de aquellos Polikarpov R-Z y GAL Monospar de Azur que siempre encontraba en el mismo lugar durante años y años? ¿Y de aquellas Hasegawas que nunca se vendían: un P-40, una caja de pilotos…? ¿Y de las más recientes de Dragón y Trumpeter? ¿Y de las figuras de metal pintadas que había en una vitrina? ¿Y del mostrador cutre y lleno de muescas de todas las épocas? Omnia vanitas et umbra sunt. Pulvis sunt et cineres, como se dice en el Magnificat.

Recordaré la tienda de República Argentina y los buenos ratos que allí pasé entre el personal, vecinos, algún bebé, perros y los cachivaches modelísticos durante décadas. Aunque no soy nostálgico, se me va a hacer difícil no volver a coger avenida arriba, hasta llegar a la puerta azul presidida por el mismo logotipo estilo años 70 que conocí de chaval. Descansen todos estos recuerdos en paz junto a Hobby Sur.♦

 La tienda y su ambiente  descritos en otro lugar y momento de este blog.

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vice&virtue2[23 junio 2013] Envidia, el monstruo de verdes ojos

Permítame el lector comenzar con un poco de erudipausia. Dice Shakespeare a través del personaje de Yago en Othello:

O, beware, my lord, of jealousy;
It is the green-ey’d monster, which doth mock
The meat it feeds on […]

Oh, guárdate, mi señor, de los celos;
Son el mostruo de ojos verdes, que se burla
de la carne de la que se alimenta […]

En este pasaje, Yago previene a su señor Otello contra los celos que tiene de su mujer, Desdémona, y que serán la causa del fatal desenlace de la obra. Esta debe ser una de las citas más antiguas en las que se relaciona a los celos con el color verde. Si Shakespeare empleó esta relación varias veces en sus obras tal vez se debió a que para su público era de uso común el hacerlo. En español usamos también esa correlación entre “humores” y colores. Así hablamos de estar “verde de envidia”, “rojo de ira” o “pálido (blanco) de miedo”. Hay quien dice que esta relación tiene que ver con el concepto de la medicina antigua que ponía en relación los fluidos corporales con los humores, o caracteres predominantes en las personas. Así, el color verde o negro se atribuía a la bilis. Y por ir trayendo todo esto hacia el terreno modelístico, ahora recuerdo que hay un color de la gama de Vallejo denominado “verde vejiga”, curioso.

Los celos no son exactamente iguales a la envidia, aunque se alimentan, parece, del mismo pozo siniestro: la comparación. Se llama a menudo “celos profesionales” a lo que no es sino lisa y llanamente envidia,  por eso yo restringiría los celos al ámbito de las relaciones de pareja o familiares, a la célula más próxima a cada criatura humana, y dejaría la envidia para todo lo demás, que no es poco.

Como pasa con otros vicios y virtudes del modelista, quien es envidioso en el sector del plástico y la pintura, lo más probable es que también lo sea en otros terrenos. y envidiará el coche del vecino, la suerte de su cuñado o lo que gana el tontaina de la tienda del barrio, que no sabe hacer la O con un canuto. Vaya usted a saber, porque hay quien tiene envidia hasta de su sombra.

Para distinguir la envidia pura y dura de la otra que llamamos “envidia sana”, llamaré a esta última emulación. Emular no es sino “seguir el ejemplo de”, hacer algo “a la manera de”. Una especie de imitación que se hace por motivos distintos a los de la simple imitación. Así, diremos que cierto humorista imita al Rey, no que lo emula. Sin embargo sí se podría decir que una cría de chimpancé emula a sus padres en la búsqueda de comida. Parece, pues, que emular es imitar para aprender. Dice el diccionario de la RAE, que emular es “imitar las acciones de otro procurando igualarlas e incluso excederlas” y añade que tiene sentido favorable. Exacto, ahí le han dado.

Muchos modelistas conocidos tienen legiones de émulos: Miguel “Mig” Jiménez, Verlinden (en tiempos), J. M. Villalba, Tony Greenland y muchos otros son o han sido seguidos, perseguidos y copiados en sus técnicas y maquetas por modelistas deseosos de aprender y evolucionar. Esto, lejos de ser malo, es de lo más positivo que tiene esta afición, sobre todo si quien sabe está deseoso de enseñar a los demás y no se guarda su sapiencia para sí mismo.

Confieso aquí que me gustaría ser un émulo (no puedo serlo porque no practico ni mucho ni poco) sobre todo de Julio Fuente, un artista de las alas y las hélices al que no tengo la suerte de conocer en persona. Soy ya talludito para tener ídolos (esa tontada adolescente), pero sí hay un puñado de modelistas de los que también me gustaría aprender más (emular más) si tuviese más tiempo y la debida dedicación para mejorar.

Dejados taxonómicamente a un lado los celos y la emulación, parecidos a la envidia pero que no lo son, centrémonos de una vez en el dichoso zombi de ojos glaucos. Decía más arriba que los celos y la envidia se alimentan de la comparación, y es que el envidioso es un ser que se compara con los demás y, naturalmente, siempre sale perdiendo en su fuero interno. Disminuido y acomplejado, en lugar de buscar la causa de su sufrimiento en sí mismo, hace culpables de él a otros. El problema de compararse con los demás es doble e insoluble: por un lado, el envidioso nunca podrá ser la persona envidiada ni tener exactamente sus mismas cualidades, es obvio el motivo. Por otra parte, aunque nuestro acomplejado individuo salga ganando en algunas comparaciones con otros (cree él), siempre acabará encontrando la horma de su zapato, y no en una persona, sino en varias. Siempre, como digo, alguien hará maquetas mejores que las suyas, es cuestión de tiempo.

El envidioso no lo sabe, pero en realidad está viviendo la vida de otros al medir la suya con las de sus supuestos oponentes. Los sigue por todas partes a ver qué dicen, qué hacen o hasta cómo se peinan. Si el envidiado publica algo en una revista, la compran para despotricar; si consigue un premio, pataleta;  si lo nombran en tal o cual sitio web, ya tenemos ardor de estómago para dos días y así sucesivamente. Ni se sabe el tiempo que puede durarle, mientras el cuerpo aguante, supongo.  Qué plan.  Dijo el escritor  Cela que en el pecado de la envidia iba la penitencia, y es verdad. Es curioso observar cómo esas emociones tan negativas tienen un correlato físico inmediato: ceño fruncido, labios apretados, enrojecimiento de la cara, manos cerradas o brazos cruzados. Parece que los antiguos no iban tan descaminados con los humores.

Hay modelistas que dicen que van a los concursos “a ver el nivel”. Lo que quieren decir en realidad es que van a comparar sus maquetas con las de otros, que en eso en definitiva consisten los concursos: unos señores comparan maquetas, eligen cuáles les gusta más y las premian. El hecho de buscar comparaciones no implica necesariamente que la criatura sea extremadamente envidiosa, algo sí, para qué vamos a engañarnos. Quien diga que nunca tuvo comezón por alguna maqueta de otro modelista, probablemente se encontrará en uno de estos tres casilleros: miente cual bellaco, tiene muy mala memoria o es un santo en la Tierra. Los concursos, por su misma naturaleza competitiva (y eso los pierde a mi juicio) son terreno abonado para los pateos, el despotrique y el runrún malintencionado por la espalda de los envidiosos. Sobre esto, más en otra entrada.

El modelista envidioso con alto grado de acidez puede pasar, por ejemplo, de comerse el marrón él solito a buscarle fallos a las maquetas de los demás de manera compulsiva, y de ahí a destilarle a otras personas esa inquina que siente buscando apoyos para su supuesta causa. En estos casos, si el personal es dado a dejarse seducir por malas lenguas como normalmente sucede, tenemos las riñas y disputas en público que tanto se han visto en foros y otras plazas. Y es que una de las características del envidioso es la impudicia, llega un momento en que no se toma ya la molestia de disimular la bilis y queda expuesta a la vista de todo el mundo. Tengo observado que la reacción del personal ajeno al asunto suele ser dar la callada por respuesta y mirar para otro lado o aplaudir para que siga el espectáculo. Es un error. Nadie está a salvo de la bilis del envidioso y sólo cuando nos toca de cerca comprendemos que nunca debimos dejarla crecer tanto. Lo que menos necesita un envidioso para curarse es público y atención. Lo que más necesita es racionalizar sus emociones y darse cuenta de que debería evitar pasarse la vida comparándose, un juego en el que nunca tocan premios por más papeletas que se compren. Es tan sencillo (y parece que tan difícil) como llegar a comprender que los méritos o la suerte ajenos no te hacen ni mejor ni peor a tí mismo. Mientras lo comprende, dejemos al envidioso bilioso que se cueza en su propia salsa a ver si algún día renace de sus cenizas como el Ave Fénix, limpio de verdín.♦

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vice&virtue[15 junio 2013] Vanidad, maldito tesoro

Un frío y recién llovido día de invierno, alguien en una reunión se me presentó así mientras me alargaba su mano regordeta:

Hola, soy Fulano. Me conocerás por mi maqueta, un X, publicada en el último número de Euromodelismo. ¿Tienes la revista?

Servidor, sin experiencia por entonces en la esgrima oral, sin saber bien qué decir y aturdido ante la avalancha de egolatría, mintió:

Ah, sí, lo recuerdo. Pues está muy bien. Me gustó mucho.

Así muestra sus credenciales Mister Vanidoso, con la osadía que da el creerse el donfigura del orbe mundo. Yo tenía que haber visto su maqueta en la revista, qué menos. Y desde luego reconocer al instante a su autor, qué te has creido, boquerón. Fue una toma de contacto, digamos que para poner las cosas en su sitio sin que nadie se lo pidiera (se lo pediría él a sí mismo en todo caso). Después, reflexionando sobre eso, no me molestó, más bien sentí vergüenza ajena.

El menester del modelista es de suyo solitario. Muchas horas al pie del cañón con dudas, vueltas atrás, errores de variado tipo y la lucha consigo mismo (y con los demás si padece el mal de la concursitis), pueden volverlo inseguro, desconfiado, agrio. Si hay además otros problemas personales de por medio, se reflejan automáticamente en el negociado modelístico. Cuando algo le sale bien, o muy bien, hay que hacer valer el trabajo y reivindicarse ante los otros. La vanidad, como la envidia o la amistad carece de sentido sin los demás. Nadie se tiene envidia a sí mismo ni gallea en solitario. Es comprensible un cierto orgullo por la finalización de una maqueta que, por mala que sea, pueda haber supuesto algún tipo de reto personal o por el aplauso sincero porque a la concurrencia (real/ virtual) le haya gustado eso que has hecho, por ejemplo. Es menos lógico y hasta enfermizo esperar la loa y las flores ajenas porque sí, porque soy yo y porque tengo piñones pero tú no los comes. Tengo comprobado que la vanidad suele empeorar con la edad, otro “bonito” regalo que trae el tiempo, además de la artritis y la vista cansada. Pero el tiempo, si no eres lerdo, también puede traer cosas buenas, como la medicina que aplicar a los vanidosos.

Algunos se cantan su propio Magnificat hasta por correo electrónico. En cierta ocasión, hace varios años, un modelista de Madrid al que había comprado una maqueta y me pidió que le confirmase la llegada del paquete, aprovechó para escribirme lo siguiente:

Hola Jesús. […] Espero que disfrutes de la maqueta, aunque está empezada, pero muy poco. Sólo pegué dos piezas. Observarás la limpieza del montaje. Recuerdo hace tiempo, cuando había concurso aquí en Madrid, que ganaba todos los años el oro en carros […].

Bueno, está bien eso de que ganara en carros cada año, pero… ¿a mí qué me importaba si sólo le había comprado una maqueta que vendía? ¿Era necesario mencionarlo? Pues se ve que sí porque ¿y el gustirrinín de restregar los oropeles al prójimo? Qué vaina, como decimos por el sur.

Otros vainas echan egos menesterosos a pasear por concursos y foros. La diferencia está en que en los primeros el contacto es directo y se ve la reacción del personal ante el lustre propio, y en los segundos la satisfacción es diferida, mediata, el vaina sabe que se ve y lee lo suyo, pero sólo está seguro de saciar su sed de aplauso si los demás concurrentes le aplauden cuando le contestan. Los demás tampoco sabemos (desgraciadamente) la cara que pone cuando son pocos  los que lo hacen o no lo hacen como él quiere (usando adjetivos del tipo “soberbio”, “espectacular” y de ahí para arriba). En los foros, el vaina suele colocar su mensaje y esperar un día o dos para dar tiempo al personal (que en ocasiones es sincero y en otras se ve que se deja llevar por el viva Cartagena) a que coja los instrumentos y le toque una marcha gloriosa en honor de su real ombligo. Si el vaina no logra lo que quiere y como lo quiere, dejará de usar ese foro de paletos ignorantes (habráse visto, elogiar más la maqueta de Mengano que la mía) y se buscará otro donde el nivel del personal sea menor y por tanto los elogios mayores. Fácil.

El vaina concursero se planta de piernas abiertas en algún ángulo bien visible de la sala y discursea entre dos o tres pobres papanatas que le oyen extasiados su explicación de cómo le hizo los enganches a la torreta del Tiger que está en la vitrina, justo allí al ladito, claro, para que se sepa que es el suyo, que aquí hay mucha porquería y no es oro (precisamente oro) todo lo que reluce. Hay que saber distinguir, no se equivoquen. Así ví a uno hace años en el concurso de Almería.

¿Véis? Este Tiger [el de otro concursante, claro] tiene los enganches de la torreta mal puestos, no están en su sitio. Tenía que haberlos puesto como en el mío.

El vaina forero, además de poner tropecientas imágenes de la maqueta en fase de montaje casi pieza por pieza y no digamos de la maqueta pintada, ataca la faena, por ejemplo, con un:

Este avión/carro [táchese lo que no proceda] va completamente remachado y le he puesto nanocientas mejoras. Me gustan los camuflajes difíciles, no los aviones/carros de un sólo color [aquí omite “como otros pringaos“][…] Ahora llevo cuatro maquetas en marcha […].

La vanidad del modelista vanidoso, como la de cualquier otra criatura, tiene difícil remedio porque la cura está en él mismo y no corregirá su vicio mientras el orfeón no deje de hacerle el pasillo. Para ayudarle, el tiempo me ha enseñado que lo mejor que se puede hacer es ignorarlo olímpicamente si la petición de flores es por escrito, y poner cara de póker cuando la demanda es oral. Sin reacción alguna a favor/en contra, pronto se buscará algún otro al que darle la tabarra de los laureles. Así coopero para que al menos su vicio no empeore.♦

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[12 mayo 2013] Fabulario cotidiano (con sorpresa)

De paseo por la ciudad bien temprano para evitar el sol y los turistas. Apenas unos paisanos por la calle de comprar el periódico o pasear al perro. Me sorprendo mirando el primer sol brillando por tejados y fachadas tarareando el Lay Lady Lay de Dylan. El escaparate mugriento no llama especialmente la atención entre tantos locales en venta o alquiler en pleno centro, porque el país entero está de saldo tras los segundos y siguientes rebajones de la crisis. ¿Qué hace una bicicleta vieja ahí dentro?.  Coño, ¡son Madelman! Uno por quince, dos por veinticinco. El espeleólogo lo tuve… joder, la prehistoria… “Lo pueden todo”. Ya. Ahora son los bancos.

Hay también un casco viejuno pintado de gris, que debió ser blanco-policíamilitar por los arañazos. Y una Nancy, y una botella de La Casera antigua y una radio del año la polka… Y unos Walkie Talkies que ponen Army y se comunican con Morse. Para estos tiempos, como si lo hicieran con papiros egipcios.

Descubro que este almacén de antigüedades dickensiano no tiene nombre pero sí un letrero encima del dintel de la puerta, rotulado en cartulina azul, que reza: Nos vamos a la Feria, que le den a la crisis. Detrás del escaparate hay otro cartel más grande colocado entre los objetos de museo que podría ser un buen título para este anticuario pedestre, 2013. El Año del Tieso. No hay más explicación ni falta que hace a la vista del género.

Pero hay más.  Sobre una especie de mesa plegable se asoman con cierto pudor pegatinas,  objetos de propaganda de Schweppes (la Suespepes de toda la vida) y Coca-Cola, un corta-puros con el Naranjito del mundial de fútbol España’82, naipes de la Expo’92, cassettes currucos y mil cosas más. Debajo de la mesa el niño-bobo de los Juegos Reunidos Géiper parece burlarse desde su tiempo. Que te zurzan, niño, no está el horno para bollos.

Vaya, otro casco cañí de cuando éramos imperio y vigía de Occidente. Sí, sí. Ahora estamos sin catalejo y con el ojo de observar a la birulé, medio rescatados. No sé qué parece más irreal, si todo aquel tiempo pasado al que pertenecen estos cachivaches o este de ahora. No puede ser cierto que viviéramos así, no puede ser que vivamos esto. Al final, toda la vida es sueño.

Castigados en la parte inferior del ventanal, tres sobres de “indios” de Montaplex. Primero valían a dos pesetas, luego a duro, más tarde a dos y creo que los dejé en tres, cuando lo de la inflación por la crisis del petróleo más o menos. Joer, “España. Infantería”. Deben ser de la Guerra de Ifni lo menos. A los hispanos los escoltan otros dos sobres,  uno de americanos y otro de alemanes que, como eran malos, llevan más cara de mala uva buscando hacer sangre a los Sherman bazoka en ristre. “Monta Man”, como destinados a modelistas en ciernes. Proféticos.♦

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[12 noviembre 2012] Con Manuel León y la historia naval

Manuel León y yo somos vecinos lejanos de acera, una cosa extraña y caprichosa que tienen las tramas urbanas de pueblos y ciudades. Tras mucho tiempo de quedar y no vernos, por fin llega el día de acercarme a su taller para ver el maravilloso Santísima Trinidad que lleva entre manos. Navío de cuatro puentes, nada menos, y en su época una especie de mega-Yamato, un Leviatán de los mares, el navío a vela más grande y artillado jamás construido.

– Llevo un año con él, me dice.

Le digo que es mucho lo que ha conseguido, ventilarse el casco y casi los cuatro puentes en ese tiempo no es sencillo. Y eso que tuvo que empezarlo de nuevo porque las dimensiones del anterior sacadas de internet eran erróneas en varios centímetros, más de los permisibles. Eso cuando ya llevaba casi todo el casco construido y chapado. A Manuel no le importa mucho, el trabajo de la madera es noble, cálido, agradecido, algo que el plástico nunca podrá darle al modelista.

– No importa, señala, lo aprovecharé para hacer un San Juan Nepomuceno, que también estuvo en Trafalgar y cuyas medidas son casi idénticas a las del casco desechado.

Me enseña su vitrina, casi repleta ya a la espera del Santísima Trinidad, con un Elcano, una Santa María (barcos de iniciación para cualquier modelista naval), y un magnífico Friesland, navío de línea holandés al que le hizo la bandera de tela real con motivos sacados de internet, entre otros de plástico anteriores (un Richelieu y el U-47 de Günther Prien de Revell). Admiro los aparejos y nudos del holandés, pura filigrana. Manuel está ya en el estadio de maestría suficiente como para pasar de kits comerciales y hacer sus barcos directamente desde los planos, que es lo más bonito y creativo.

Da gusto hablar con él por su tono pausado, que guarda equilibrio entre lo que sabe y cómo lo transmite. Aprendí mucho en unas escasa horas sobre la marina española de inicios del XIX. Mientras, me muestra su taller, pequeño pero compacto, donde reina un cierto orden aunque él lo niegue. No siempre la relación mesa ordenada/limpia = modelos magníficos es directamente proporcional, lo usual, curiosamente, es lo contrario. He visto mesas con más mierda que el palo de un gallinero de las que algunos sacan maravillas. Manuel es una excepción a esta regla porque cumple lo que la lógica dicta, a mesa más limpia, mejor modelo. Yo, en cambio, tengo la mesa limpia para producir churros de los que no manchan. A pesar de todo, creo que al modelista-persona se le conoce mejor por su mesa que por sus modelos.

Veo las últimas máquinas que ha ido consiguiendo y también su primer aerógrafo recién adquirido. Le doy algunos consejillos básicos, pero sospecho que él ya se sabe la lección antes de que se la cuente. Incluso tiene varios chismes preparados para hacerse un compresor con calderín.

Con Manuel aprendo por qué el Santísima Trinidad tuvo dos versiones, 120 y 140 cañones. Una vez terminado en madera de caoba (nada menos) en La Habana, se comprobó que al disparar el buque se ladeaba debido a su centro de gravedad demasiado elevado. Para corregirlo se le construyó otro puente más bajo con una batería a estribor y otra a babor, así se solucionó el problema y de paso se aumentaba la potencia de fuego. Además, antes de Trafalgar se le dotó de cuatro piezas más en el alcázar de popa.

– Todavía tengo que aparejar los cañones uno a uno antes de poderle pegar el último puente y cerrar definitivamente el casco.

Manuel me cuenta cómo los navíos de guerra españoles de la época llevaban un león como mascarón de proa, según establecían las ordenanzas reales. Todos excepto el Montañés, que fue financiado privadamente, y el Santísima Trinidad, que se cree llevaba una alegoría alusiva a su nombre. Para comprobarlo, habría que bucear en el Estrecho.

– Se sabe perfectamente dónde está hundido, pero no hay dinero ni interés alguno por reflotarlo como han hecho otros países con buques emblemáticos. Precisamente ahora el huracán Sandy les ha hundido la Bounty a los americanos.

Quién pudiera ver esta joya a flote y amarrado en Cádiz para ser admirado. Imposible en un país que a estas alturas no sabe lo que es (monarquía federal, república bananera, confederación asimétrica de pueblerinos o estado del bien-estar y poco currar) porque todo es discutido y discutible (el genio de la zeja dixit et pixit). Según días pienso que tampoco sabe a dónde va, y eso puede ser bastante peor.

Manuel es investigador. Una de las cosas que más me gustan de esta afición es lo variado de quehaceres y saberes del personal. Manuel (¿quien honesto y valioso no?) padece de los mismos males en esta época que  Jovellanos, Gravina o Churruca en la suya. Lampedusa sin duda se equivocó de país en El Gatopardo,  se refería a España con aquello de que “algo cambie para que todo siga igual”. Me cuenta sus cuitas: hay escaso dinero, los jóvenes investigadores que valen se tienen que ir fuera después de haberlos formado aquí para que otros los aprovechen… Como en tiempos de Cajal. Evito contarle las mías porque lo noto cansado y no quiero añadir más pesimismo a la noche lluviosa. Bastante hay con sortear el día a día de esta maldita crisis. Ojalá fuese sólo económica.

Me voy algo desazonado después de todo, nunca he soportado ver a personas inteligentes tener que perder su tiempo capeando idiotas. Quedamos para otro día donde he de informarle de la reacción de distintos tipos de alcoholes con acrílicos. Si no me enveneno antes, espero sobrevivir para volver a ver cómo crece el Santísima Trinidad en su astillero.♦

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[31 marzo 2012] En Plastic Models FGordon

Viaje casi relámpago a orillas del Guadalete para conocer a Luís Javier Guerrero y su sueño, llamado Plastic Models FGordon. El día es espléndido y los campos verdean pese a la seca primavera que llevamos. Paso por Espera, un cubo de cal arrojado a los pies de su castillo. La carretera serpentea entre colinas y uno casi agradece las curvas que ofrecen perspectivas diferentes de paisajes bucólicos y solitarios. Ya en Arcos de la Frontera, veo llegar a Luís. Lo reconozco por su semblante afable y en seguida me abre con generosidad las puertas de su casa.

Luís vive como sueña y sueña como vive. Su hogar está lleno de libros, cuadros y maquetas, en vitrinas y en cajas. En seguida conectamos. Me enseña los trabajos de su hermano Juan Antonio para la Enciclopedia de la Aviación de la Editorial Orbis, El Mundo de la Aviación, Cuerpos de Élite o Nam de Planeta. También el propio Luís colaboró en algunos de ellos ayudando a su hermano. Le comento que recuerdo haber visto la publicidad de las dos últimas obras en la televisión de la época.

– Lo de Nam fue un trabajazo. Gracias a un conocido que estaba en la base de Morón y tenía contacto con algunos americanos que conocían la jerga que usaban en Vietnam, pudimos enterarnos de mucha información que se nos hubiese escapado sobre aquella guerra.

 Luego me enseña sus vitrinas de maquetas, bien nutridas,  y me habla de la ilusión que le ha hecho volver a encontrar la primera maqueta de avión que hizo de niño. Me la muestra junto a las cajas de aviones que atesora. Se le ilumina el semblante.

– De estas no me gustaría tener que desprenderme. Me gustan los aviones, especialmente de hélice, y estas son las que quiero quedarme para siempre.

La conversación de Luís es agradable, sin aspavientos te transmite su pasión por el modelismo y uno vuelve a entender lo que siempre fue esta afición cuando aún no existían internet, los foros, las tiendas en línea, las marcas chinas, los sitios webs ni los concursos a la manera que los vemos hoy. Donde hay pasión por la historia y el coleccionismo, una ilusión por montar y pintar a escala, allí se enciende la llama del modelismo en sus múltiples facetas. Alguien escribía hace un tiempo, creo que en un foro, que la mayoría de modelistas de este país no salen en foros ni casi aparecen por los concursos. Luís es un ejemplo.

Luís tiene su almacén en un altillo desde el cual la vista de Arcos es magnífica. Todo está limpio y ordenado: por temas, por fabricantes, por escalas. De haber tenido algo de más tiempo, bien me hubiese gustado poder bichear, pero se puede hacer también a través de su web, que a la manera platónica resulta ser un trasunto  cibernético de la verdadera realidad que se encuentra ante mí: Revell, Airfix, Tamiya…

Luís me presenta a su familia, su agradable mujer y su hija, que viene de jugar con sus amigos y me saluda con toda naturalidad, una chiquilla bien guapa. Hablamos de otras cosas, de las cornás que da en ocasiones la vida. Se hace tarde y tengo que marcharme, pero quedamos emplazados para otro día, ojalá sea pronto. A ver si le dedicamos un ratito a la arqueología, otro tema-pasión que compartimos.♦

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[23 marzo 2012] En Hobby Sevilla

En Hobby Sevilla he estado sólo tres o cuatro  veces. Me enteré de su existencia por casualidad, como a veces suceden estas cosas. El local está en un barrio adecentado y rescatado de la prostitución y la droga de otras décadas, junto a la Alameda de Hércules. La tienda tiene hoy más aspecto de garage.

Este comercio siempre fue singular por lo que vendía. En tiempos encontré precisamente ahí los barcos escala 1/700 de la serie SkyWave de PitRoad, una rareza fuera de Japón y una esquisitez en modelismo naval hace una década. Jordi Rubio también los vendía, pero los importaba con cada pedido, mientras aquí en el Sur podíamos darnos el gustazo de comprarlos directamente sin pagar aduanas ni peajes. También Hobby Sevilla era (ya no) el único lugar donde adquirir acrílicos de Tamiya en toda la ciudad. Ignoro por qué en otras tiendas no los vendían/reponían y siguen sin tenerlos.

Maquetas nunca hubo muchas, se dedican más bien al radio control, que deja más dinero en repuesto y reparaciones, pero solía haber siempre al menos una vitrina con aviones, barcos y algunos carros. Mi última visita me dejó un poco desconsolado. Las últimas ocupan un ángulo muerto para el visitante, capitaneadas por algunos ejemplares del Super Etendard de Heller. En la salida, una cochera, hay un par de expositores con pinturas de Humbrol y las ya mencionadas Tamiya. El resto no son maquetas. Hice la vista del médico y no me dio tampoco por preguntar sobre otros productos de esos que llaman auxiliares, pero supongo que algo tendrán. Salí, ya digo, desconsolado, triste. Quizá cuando el tiempo (los tiempos) mejore, vuelva a llegarme a probar suerte y a echar una parrafada, sobre todo ahora que el paseo es más limpio y las viejas putas de moño cañí no te llaman desde las esquinas de la Alameda. Un alivio.♦

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[13 noviembre 2011] En Hobby Sur

A Hobby Sur voy por temporadas, más que nada porque me pilla a trasmano, aunque en ocasiones voy expresamente porque siempre sé que encontraré un soplo de vida cotidiana en cada rincón. Conocí la tienda hace muchísimos años, puede que más de 30, cuando también iba con los amigotes aficionados al radiocontrol de los que escribí en una entrada anterior.

Por entonces era una tienda espaciosa, muy bien iluminada que atendía un señor mayor con gafas que se asomaba al mostrador situado al fondo. Maquetas no recuerdo, seguro que las habría, pero tenía cantidad de cachivaches para el radiocontrol (motores, hélices, etc.)  en estantes modernos a lo largo de tres extensas paredes. Recuerdo mejor los listones y tablas de balsa ordenados por grosores y longitudes a la izquierda, según se entra. Eso es lo que recuerdo, pero mis recuerdos no tienen que coincidir con lo que fue realidad. Es una imagen que tengo grabada en la memoria, pero bien podría estar deformada. Más de tres décadas en ocasiones son demasiadas para los fotogramas de una vida.

El Hobby Sur de hoy es distinto, más pequeño, peor iluminado (falla un fluorescente del centro, se enciende y apaga como en una discoteca, y chisporrotea quejándose) y, sin embargo, a mí me gusta más. Me gusta la proximidad del personal que atiende, Antonio y familia, y la del que entra, gente del barrio que a veces simplemente se da una vuelta para charlar de cosas cotidianas o echar un pitillo dentro, porque aquí no han llegado aún las pejigueras de ese personal que aulla por tragarse el humo del tabaco ajeno y aceptan de buen grado el del tráfico a todas horas. Cuando al personal le da por ponerse estupendo, suele joder la marrana a los demás, además de hacer el tonto más de lo necesario. España, país de extremistas y noveleros, es así.

El negocio, como todos, lucha por la supervivencia. El radiocontrol da juego gracias a que parte de la tienda es también taller de reparaciones y vienen chavales, especialmente por la tarde, que traen a recomponer sus bólidos cascados. También hay planeadores de formas futuristas en recias cajas enormes en altas estanterías que a veces encuentran comprador. Maquetas hubo muchas en tiempos, ahora hay menos. Cada vez que voy compruebo que van cediendo el espacio conquistado durante años a otras aficiones: puzzles, figuras, slot, automóviles. Queda aún un reducto donde se han hecho fuertes algunos aviones de Hasegawa antiguos y HobbyBoss nuevos, liderados por una antiquísima Special Hobby que siempre está allí, oscura y destartalada, como un general Custer con sus últimos fieles en pie. Las Italeri también van menguando, cuando no ha mucho eran casi legión en largas pilas. Ahora están al borde de la extinción. Los carros pequeños tienen bien defendida su posición y más que disminuir, parece que aumentan a cada visita. Sin embargo sus hermanos de escala mayor han cedido mucho terreno también.

Entro, saludo, vagabundeo un poco y me entretengo mirando unas figuras de saldo. Casi sin darme cuenta, algo se acerca y me roza los tobillos. Es una perrilla minúscula que temo pisar al menor movimiento en falso. Me dicen que se llama Berta mientras el animal se desvive haciéndome fiestas e invitándome a jugar. La acaricio y de inmediato aparece otra similar, pero algo más grande (sólo un poco) que la imita.

-¿Y esta? Son iguales a diferente escala.

– Es Paca, la madre.

– Con razón.

Da gusto verlas retozar mansamente por la tienda, mientras juegan. Entra un señor mayor y se sienta un rato con la enana en el regazo acariciándola. Se conoce que es de confianza. Antonio va de aquí para allá. Entra, sale, enciende un cigarrillo, lo deja en el cenicero, vuelve a entrar, atiende tras un mostrador con muchas muescas de otros tiempos. La radio comercial se oye a todas horas por el hilo musical, es el contrapunto a la vida que va pasando por debajo, pegada al suelo de los quehaceres humanos.

En la tienda la mañana y la tarde sevillanas tienen su público y su afición, como Joselito el Gallo y Juan Belmonte, o el Betis y el Sevilla. Modelistas sólo he encontrado los sábados por la mañana, mientras que las tardes están más reservadas a los representantes y a la chavalería apasionada por la velocidad y la mecánica. La mañana parece que es más del vecindario mayor, que sale y se pasa a echar una parrafada o dar un recado.

Jamás dejaré de llegarme a Hobby Sur de cuando en cuando. Aunque no haya maquetas ni pinturas, aunque ya no vendan pegamentos o cuchillas. Me gusta la tienda y su gente tal como es. Me conformaría con sentarme en un rincón y,  si tuviese el talento de un Dickens, un Dickens sureño, dibujar con palabras la vida que sigue colándose bajo la puerta cada día.♦

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[2 julio 2011] Miles de gracias

 Llegamos estos días a las 90.000 visitas en j-models. Cuando comencé este tinglado en marzo de 2004 jamás creí que llegase ni a la mitad de esa cifra. Como en otros aspectos de la vida, las aficiones dan y quitan cosas. La web me ha dado la satisfacción de poder aportar un granito de arena para que haya cada vez más contenidos y recursos en español, en este caso relativos al modelismo, en el patio mundial etéreo que es internet. Cuando empecé, la Wikipedia en español era una utopía aún y costaba encontrar, por ejemplo, información histórica y revisiones de maquetas que no estuviesen en inglés. En algunos lugares en los que he estado he sentido la barrera del idioma, incluso dentro de España lo cual sería risible si no fuese penoso, por eso decidí no limitarme a una sola lengua e intentar captar también visitantes de otros países. Las páginas “bilingües” tienen su miga, pero son el precio que hay que pagar si uno quiere llegar a más gente.

Otro de los objetivos cumplidos (no hay más que darse una vuelta por algunos foros y otras webs dedicadas al modelismo en español) es el servir de ayuda a alguien en algún lugar en algún momento. A veces esta ayuda se ha transformado en copia más o menos directa del original. Confieso que hace tiempo el hecho de ver cómo se copiaba descaradamente contenidos y formatos para los cuales me había estrujado la sesera a base de bien, y a los que les había dedicado cientos de horas (no exagero), me sacaba de mis casillas. Ahora, con el poso que da el tiempo, creo que esos sucedáneos son el mejor homenaje que le pueden tributar a uno,  porque significa que el modelo funciona. No necesito reivindicarme, me basta con saber (como saben mis émulos) que yo lo ví primero.

En este tiempo he aprendido mucho. En el aspecto “técnico-práctico” del diseño web básico he pasado de ser un lego absoluto a andar por casa en zapatillas. No soy profesional de la informática, ni sé más de 2-3 rudimentos de la cosa, por eso esta web no es un trasatlántico sino una almadia, pero flota. Hay formas más fáciles, mucho más fáciles, de montarse una web, pero por ahora me aferro a mi HTML rudimentario. No lo hago por cabezonería, sino por no volver a dedicarle las horas que me llevó aprender lo poco que sé a otra cosa si esta ya funciona. No dispongo de todo el tiempo del mundo, aunque quizá algún día me decida a probar algo diferente. También en el aspecto de los contenidos he aprendido mucho, sobre todo a base de buscar información en libros y en internet, de preguntar, leer y cavilar. Siempre tiendo a hacer las cosas por el lado más difícil, qué se le va a hacer, y no podía conformarme con poner unas galerías de maquetas y punto, qué va.

Entre  lo que me ha quitado j-models está el tiempo de hacer más maquetas y de leer más sobre otros temas que me gustan tanto o más que los modelísticos. Cuando llevaba aún poco tiempo con este invento, alguien en el trabajo que se dedicaba a hacer una paginita sosa relacionada con asuntos laborales me dijo:

– ¡Uuuff! ¡Tú no sabes el tiempo que hay que echarle para hacer esto!

Y yo le respondí con ironía y sin añadir nada más:

– Sí, debe ser de lo más agotador…Qué bárbaro.

La web tuvo un foro en su día, que me costó sudores (literalmente) poner en funcionamiento y que tuvo nada menos que dos (2) participantes: mi amigo Omami y Jorge Belena, creador de Yoryipuntocom. Recuerdo que Jorge puso fotos de su Corsair heleno que estaba pintando por entonces. Aquello echó el cierre por falta de clientela y con el tiempo me pasé a la moda de las bitácoras, donde todavía sigo. Me parece una forma más sencilla y también más ágil de llegar a los lectores, además de que permite darle cancha al personal, que para eso se molesta en visitarte. Sobre por qué no estoy en las llamadas redes sociales, lee más abajo si te interesa.

Naturalmente no todo ha sido trabajo en solitario. Muchos modelistas, españoles sobre todo, me dejaron publicar galerías de sus maquetas y artículos en la web y por ello les estoy profundamente agradecido. Jamás tuve problema con ninguno de ellos e incluso algunos se ofrecieron para ayudarme con la edición de sus fotos. No voy a mencionar a nadie porque podría olvidárseme algún nombre y eso siempre es peligroso.

 Me gustaría poder dar las gracias uno a uno a todos mis visitantes desde que comencé, incluidos aquellos que se equivocaron pensando que el “models” del título se refería a la carne y no al plástico, a los que vinieron y no volvieron, a los que llegaron por accidente. a los ocasionales y a los de plantilla (para estos las gracias van más orladas y con insignia de oro y brillantes, claro). A todos, muchas más de noventa mil gracias.

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PRONTUARIO J-MODELS

 1. ANECDOTARIO

 No son muchas las anécdotas curiosas que me hayan pasado a raíz de tener/mantener la web, pero si rebusco un poco me salen estas:

– Una vez (que yo sepa) tuve entre mis visitantes nada menos que a la Dirección General de la Guardia Civil. Todo un honor ayudar a la Benemérita, pero supongo que no encontraron nada raro en lo de “models”. Por entonces (hace más de 5 años) comenzaba a metérsele mano al oscuro y horrible tema de la pederastia en internet. Sería por eso la visita, digo yo, porque estoy en paz con Hacienda, no me dedico al negocio de la carne y ni siquiera estaba Rubalcaba a los mandos del asunto.

– Dos australianos me escribieron en diferentes momentos para hacerme un pedido de maquetas de aviones japoneses. Uno de los pedidos era realmente suculento en dólares australianos, realmente mollar como complemento a mi cada vez más menguado sueldo. Menos mal que uno no se dedica al timo de la estampita, que si no… Entonces me planteé también si merecía la pena seguir publicando páginas en inglés, porque hay gente que debe de leer al revés. Mi inglés no es tan malo, caray.

– Un periodista japonés de una revista de informática (Windows 100%) me mandó una batería de 100 preguntas y me solicitó permiso para publicar esta “entrevista”´en una sección dedicada a los “otaku” (libremente, los extranjeros aficionados a cualquier aspecto de la vida japonesa). Por lo visto pensó que yo era un experto en aviones y barcos japoneses de la guerra mundial o algo así. Quedé perplejo, pero tengo fundadas sospechas de a quién debí semejante honor inmerecido. El caso es que aquello se publicó en japonés con versión inglesa en CD que también tuvo la gentileza de enviarme junto con la revista. Aún hoy me río pensando en la de pescado que se habrá envuelto con mi cara (u otras cosas que excuso escribir) por todo el país del sol naciente. Este es un ejemplar reciente (creo) de la revista. Y ahí, en medio de niñas en braguitas y programas informáticos para frikis, aparece el menda con sus maquetas en junio de 2005. Pa morirse.

2. PREGUNTORIO-RESPONSORIO (Preguntas nada frecuentes)

 – ¿Por qué una web en dos idiomas?
Ya digo, se trata de llegar a más gente y aprovechar que uno sabe un poco de “franchute”, cosa que no se estila por estos lares ibéricos. Es el célebre “poyaque” español: “Po ya que te pones…”

– ¿Por qué no dos versiones de la web cada una en su idioma como hacen otros?
Comencé alojando la web con Yahoo y disponía de espacio limitado, así que si hacía dos versiones, duplicaba el número de páginas y de algunos archivos. Cuando dispuse de mi propio servidor me entró la vagancia y la dejé como estaba diseñada. Bueno, tampoco ha ido tan mal…

– ¿Por que sigues escribiendo páginas de historia si todo eso está ya en la Wikipedia y otros sitios?
Es cierto, pero cuando empecé no había tanta información disponible. Me gusta investigar en la medida de mis modestísimas posibilidades y luces, pero sobre todo me gusta hacer las cosas a mi manera (Sinatra dixit [et pixit]). Hay mucha información ya publicada en internet, pero ajena a fuentes occidentales (rusas, japonesas), aún por rescatar y difundir. En ocasiones se encuentran cosas inesperadas, imágenes que nunca esperabas ver. A veces no me queda más remedio que usar el horrible traductor de Google para enterarme de algo. Además aprendo un montón. La idea también es que cada maqueta tenga su propia revisión, un paso a paso y su adecuada (si bien breve) referencia histórica. Así todo está interrelacionado y no hay flecos que despisten al lector. Lo que pasa también es que al ritmo que voy y por el orden que sigo, es como hacer un rompecabezas. Cuando esté terminado (si lo está algún día) todo tendrá sentido.

-¿Por qué sigues escribiendo revisiones si muchas ya están en internet?
Y de ellas, ¿cuántas has leído en español? Una vez propuse en un foro hacer una web sólo de revisiones de maquetas en español. Hay gente que sabe un montón sobre aviones, carros, etc pero que no se decide a escribir, mi idea era darles la oportunidad de hacerlo mediante colaboraciones, como en otras webs anglosajonas. La respuesta fue típicamente española: me echaron los perros. Bueno, pues a seguir en solitario.

-¿Por qué no escribes sobre maquetas más actuales? Casi siempre son antiguallas…
Fácil. Escribo sobre maquetas que tengo o conozco, así digo menos tonterías de lo normal. Para revisar lo último de lo último cuando sale al mercado hay que tener mucho tiempo y mucho dinero. O ser el webmaster de Hyperscale o PMMS y que te las envíen los propios fabricantes o tenderos.

-¿Por qué no estás en Facebook o Twitter?
Mi amigo Pedro me invitó a Twitter antes de que nadie lo conociese en España, hará 3 o 4 años. Le mandé un mensaje, me respondió y me dije que eso de estar conectado todo el día para saber qué diablos están haciendo los demás, y que los demás sepan de tí, no es para mí. Si no me interesa lo que hace mi vecino, ¿para qué diablos quiero saber lo que le gusta comer a fulanito o dónde ha estado de vacaciones zutanito? Además, siempre me he sentido más cómodo lejos de la masa. Me parece bien que la gente se divierta con esos cacharros, y en España ha calado con fuerza porque este siempre ha sido (y es) un país de cotillas, pero la verdad es que no tengo tiempo de comentar sobre comentarios, ni me apetece tener seguidores, ni contar chorradas sobre mi vida, ni mucho menos volcarla en un sitio como internet para regocijo de Rubalcabas. Si te entregas a la máquina, esta acabará devorándote.

– ¿Por qué no dedicas más tiempo a hacer maquetas y publicar artículos de paso-a-paso en lugar de tanta historia, tantas revisiones y tanta leche?
Eso mismo digo yo. Miraré de ponerle remedio pronto.

– ¿Hasta cuándo va a durar esto?
Si te refieres a la web, no lo sé. Hasta el año que viene como poco, si no me canso antes. Si te refieres a esta entrada, aquí mismo podemos concluirla, que ya está bien por hoy.♦

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[24 abril 2011] En Cuevas

Hace unos días volví a la tienda de Cuevas en Sevilla. Me resulta curioso recordar que la primera y siguientes veces que fui a este comercio era apenas un mozalbete que acompañaba a mi amigo Juan y sus hermanos Emilio y Rafa, por entonces locos por el aeromodelismo, a comprar madera de balsa, motores y combustible, una especie de alcohol rosáceo de olor agradable. También íbamos a HobbySur, pero de esta tienda hablaré otro día. Yo no compraba, me limitaba a ver, oir y dejar hablar a los que entendían. Por entonces ya hacía maquetas, pero no se me ocurría bichear nada. Primero porque llevaba lo justo para el tren y segundo porque cuando podía comprarme algo, lo hacía en El Corte Inglés, tercera planta, juguetería, donde todo estaba más a la vista, se podía coger y “sopesar” en la mano. En los almacenes siempre me quedaba con las ganas de llevarme algún carro de Tamiya, pero unas prohibitivas 500 ptas. lo hacían imposible. Por eso tiraba  a lo pequeño y económico, 1/72 y gracias. No me quejaba, me dí cuenta pronto que era mejor tener en casa muchas maquetas pequeñas que pocas grandes.

La bonita rotulación en azulejo sevillano sobre la puerta nos confundió a mis amigos y a mí durante años. La llamábamos “7 Cuevas”, como si fuese un Sacromonte granadino trasplantado. Luego pasé a denominarla “J. Cuevas” y hace poco me he dado cuenta de que la primera letra es en realidad una “F” algo arisca. La situación de esta tienda es ideal, en pleno centro y hermanada en la Plaza de San Francisco con el ayuntamiento hispalense. Un sitio de paso donde siempre hay alguien y que suelen curiosear muchos extranjeros de variopintas nacionalidades, atraídos por unos escaparates bien surtidos de mil cosas diferentes. A mí particularmente ( y no suelo ser el único) me gusta pararme a ver las herramientas: taladros, fresas, aerógrafos, pinzas, lupas… En tiempos hubo también maquetas hechas, la última que recuerdo, y que estuvo años, fue un crucero o acorazado británico, ¿un  Hood quizá?.

A Cuevas hay que ir con la lista de la compra hecha y, si puede ser, con las preguntas preparadas, aunque en esto último cabe algo más de improvisación. Y es así, más que nada porque dentro hay mucho, muchísimo más de lo que se ve y el espacio para el gratificante bicheo es reducido. El personal atiende muy bien y aconseja mejor. Conoce el género y lo localiza con precisión y celeridad. Muchos comercios en Sevilla, y este es uno de ellos, están enfocados al trato directo con el cliente, a hablar encima del mostrador y no al puro coge, paga y vete de las modernas superficies comerciales. Por eso, repito, hay que ir con las ideas claras si se sabe qué se va a comprar o preguntar. La anécdota de mi última visita me lo volvió a demostrar.

Entré a por un par de pinturas, plástico y cuchillas. Junto al mostrador hablaba con el dueño un sujeto de mediana edad de acento no andaluz, cuya mujer le esperaba fuera con una gran perra blanca y bonachona. Yo, a lo mío, a ver estas varillas de Evergreen…

Él: …y ¿no tenéiss unass cadenass…? Ess que no sé si son de HobbyBoss… No sé la marca, son para un carro que estoy haciendo.
Vendedor: Si quiere se las puedo conseguir si sabe cuáles son.

[Sin contestar siquiera, mira el expositor de Evergreen, se me acerca y vuelve a preguntar.]

Él:  Estass varillass de plásstico… ¿a cómo salen? ¿Lass tenéiss macizass?, tuboss no, de una pieza.
Vendedor: Hay de varios precios y grosores. Las que quiere están más arriba. [Menos mal, creía que me las iba a quitar de la mano]
Él: Ah, sí, estass. Vale, pues me llevo estass doss.

Mientras el cliente sigue pensando qué más se le ocurre pedir, solicito unas pinturas de Gunze.

Él: Ah, que tenéiss también pinturass de estass… ¿Sabess si van bien a pincel? Ess que lass Tamiya no cogen bien el color.

El vendedor se para antes de contestar, no vaya a ser que lo deje con la palabra en la boca otra vez. Y con razón, porque nuestro indeciso cliente, ya se ha decidido. Se va a llevar lo mismo que yo.

Él: Ah, puess dame unass como estass, de ese color o un poco máss osscuro, mejor.

Cuando me marcho, allí sigue todavía dando la murga, culo veo culo quiero. Fuera, la pobre perra blanca se deja caer en la acera muerta de aburrimiento.♦

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[5 abril 2010] Fotomatón (IV): Gregorio, kiosquero universal

Hace ya cosa de un par de meses que se nos fue Gregorio a vender chucherías y prensa al cielo. Todos conocían aquí en el pueblo a Gregorio, al Gregorio por antonomasia de la plaza. Pocos sabíamos su nombre completo: Gregorio Gallego Román. Es lo que ocurre cuando alguien pasa de persona a institución, de kiosquero a kiosquero universal. La plaza de este pueblo no es la misma sin Gregorio y su kiosco, es otra cosa, yo creo que peor.

Lo llamo universal porque Gregorio era la esencia de los kiosqueros que en el mumdo han sido. Su kiosco era (aún existe, cerrado y triste) una pequeña construcción de ladrillo techado con tejas blancas y verdes, muy de estilo andaluz. Uno nunca sabía cómo podía caber Gregorio en él, y menos entrar por la pequeña puerta de acceso bajo una de las ventanas, pero allí estaba cada día desde bien temprano hasta las tantas. Así cayeran chuzos de punta del cielo (calor, frío agua), Gregorio se pasaba las horas allí sentado y cuando no había clientela, siempre estaba la radio para acompañar o la tele enana para ver los mundiales de fútbol.

Otro enigma que nunca entendí bien fue cómo podía saber dónde tenía cada cosa. Los montones de papel de prensa, tebeos y revistas lo colmaban todo, los había incluso en el suelo, dentro y fuera del kiosco, atados con cuerda en pesados montones. A eso había que sumar las mil y una chucherías que se adaptaban al espacio que dejaba el papel. Por eso, desde fuera era tarea baldía saber lo que Gregorio podía o no tener.

– Gregorio, ya no quedará el Marca de antesdeayer, ¿no? Donde venía la entrevista con Zutano hablando del Madrid.

Gregorio callaba mientras situaba las coordenadas como un GPS y a los tres segundos (uno pensaba que no se había enterado) respondía con ese tonillo de buena gente:

– Sí

Y tiraba del Marca de entre una pila desde un rincón ignorado y lo ponía en la ventana del kiosco doblado por la mitad.

– Gregorio, ¿tienes el número 114 de Casa&Jardín?
– Ahí fuera está, en ese montón. Cógelo tú, quítale la cuerda al montón ese de la derecha. Eeeese es…

Gregorio jugaba al ajedrez sin piezas en el tablero imaginario de su kiosco. No había combinación posible que no supiera jugar.

– Gregorio, dame tres paquetes de pipas sin sal, el ABC y un duro de chicles de menta. ¡Ah! y dos Winston.

Las manos de Gregorio se movían ágiles y prestas. Todo aparecía ante la vista en un periquete.

La forma hezagonal del establecimiento le permitía despachar por tres de sus ventanas a la vez. Esto, cuando se trata de atender a clientes tan impacientes y exigentes como los niños, era una tarea colosal. Los niños no se suelen callar ni debajo del agua, así que las voces de unos y otros se superponían pidiendo cosas. Gregorio siempre atendía con amabilidad y jamás se le escapó un mal gesto o mala palabra ante aquella turbamulta.

Gregorio y su kiosco eran parte de la vida del pueblo, de las vidas del pueblo. Para los niños, los pimpollos y los que no lo fueran tanto, era común quedar “en el kiosco Gregorio a las X”. Los adolescentes se echaban al vicio pidiendo cigarrillos sueltos y los mayores talludos tiraban más de Interviú por las fotos de las señoritas en pelota picada (algún hipócrita meapilas decía que era por los artículos de opinión, sí-sí…) o el Marca, según.  Era anécdota sobada la del aquel jovenzuelo fumado de porros y hermano de un amigo que trabucó los nombres en cierta ocasión.

– Fortunita, dame dos Gregorios.

Si decían que a cierto político español le cabía “España en la cabeza” (mucho caber es eso, además de ser una pedantería), a Gregorio sí era cierto que le cabía todo su kiosco y más en la suya. Él era el kiosquero que todos los kiosqueros del mundo aspiran a ser, no importa que estn en Dallas, Yokohama o Sigüenza: una antonomasia, un hito urbano, una institución querida y ahora también añorada.♦

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[14 marzo 2010] Por tierras del Corbones

Viaje relámpago a La Puebla de Cazalla. Es de los que me gustan, sin preaviso y a la buena de Dios. Desde que viví en Osuna quise visitar este pueblo junto al que he pasado docenas de veces sin detenerme.  La Puebla son calles rectas, trazadas a cordel, limpias y asaltadas a ambos lados por miles de ojos que son los cierros de las casas. Se ven bonitas las calles así. Casi no hay ventanas, sólo cierros, que son una forma de mirar y no ser mirado.

Nada más recorrer algunos rincones, el visitante se da cuenta de que se ha tenido especial buen gusto en restaurarlos. La Plaza Vieja muestra aún algunos de los arcos que le sirvieron de entrada desde al menos el siglo XVI. Donde ya no hay arco, se reconoce que lo hubo. La Calle de los Mesones, que mira a Osuna, conserva aún los lugares donde estuvieron dichos establecimientos por la huella que han dejado en la morfología de los edificios, ahora convertidos en modernas casas, todas ellas con entradas profundas a sus respectivos patios. La Puebla ha cambiado, pero aún conserva mucho de lo que fue por las cicatrices de su casco urbano.

Paseando por las calles, el visitante oye a unos chavales con ganas de guasa a la puerta de un bar. Uno de ellos llama a una niña que está dentro. La debe de tener harta:

– ¡María!
– ¿Queeeeé?
– ¡Que el culo te jié!

Los zagalones son ya preadolescentes y la tal María es una niña que parece celebrar un cumpleaños o un bautizo, a juzgar por la voces y risotadas de los adulto que se oyen dentro. El visitante le da vueltas a las neuronas hasta que da con la clave del jié. Resulta que es hié, apócope de hiede. Vamos, que a María no le huele el trasero a rosas precisamente. Con las mismas, al visitante le da por recordar la mala leche que gastan los niños (todos) para con otros infantes. Rousseau era un zoquete, el hombre no es bueno por naturaleza, al contrario, lleva larvada la mala uva desde que nace. Luego, todo es cuestión de reprimirla o de convertirse en un terrorista de Al-Qaeda, según. También se puede quedar uno a medio camino y ser presidente de una comunidad de vecinos o portero de un discopú. En España sabemos mucho de la mala leche agria que da la mediocridad.

La Puebla son también sus parques, jardines bien distribuidos por toda la localidad. En uno de ellos, frente a la casa en la que nació, hay una estatua a la Niña de la Puebla. Lo mejor de la efigie, y no es ironía, son las gafas oscuras que identifican a tan señera cantaora. El artista no se ha lucido precisamente con la representación, que se parece a una niña, sí, pero preanoréxica zumbada a pastillas.

Girando esquinas de 90 grados, las calles son rectas y perpendiculares, el visitante llega fácilmente a donde inició la visita. Lo hace con mono de cigarrillos, maldito vicio, pero le salva que en lontananza se avizora un kiosco, grande y oscuro. Junto a él juegan unos niños, debe estar abierto sin duda. A unos doscientos pasos ya se ve el nombre por sus cuatro costados: Kiosco El Gafa. A cien el visitante ya sabe que El Gafa ha cerrado hoy, día de fiesta. Ajo y agua. El Gafa no lo sabe, pero vela por la salud del visitante. Mejor así.

Como el visitante no quiere irse sin ver el Corbones ni el pantano del folleto que le sirve de guía, pregunta a un trío de ancianos que toma el sol a la puerta de un bar sin consumir nada.

– Buenas tardes, ¿para ir al pantano?

Los viejos se toman su tiempo. Por fin el de más allá señala con su bastón.

– Coja esa calle toa pa’bajo. Es fácil, al llegar a la cooperativa, siga el camino paralelo a la autovía.

Los otros dos parecían esperar el momento para hacer las oportunas rectificaciones.

– Bueno, no. Tó pa’bajo, no. Hay que girar aquí a la izquierda primero.
– Eso, a la izquierda y luego se encuentra El Fontanar.
– Pero El Fontanar está más lejos, hombre. Primero aquí a la izquierda, luego la cooperativa. Y si no, pregunte.

El más gordo no se da cuenta de que eso es precisamente lo que el visitante está haciendo. Medio habiendo comprendido las señas, el visitante se aleja tras dar las gracias, pero los viejos andan todavía enzarzados en ver quién sabe de verdad llegar al pantano y ni le oyen. Qué país.

El Corbones se muestra nada más dejar atrás las últimas casas. Fluye bastante agua, pero ha debido llevar más del doble recientemente. La marca de barro en sus orillas así lo indica. El caudal debe de tener ahora unos dos metros de anchura, pero a ojímetro debe haber llevado unos seis.

La carretera es mala, pero llevadera si uno sabe esquivar algunos hoyos al inicio.  Vamos a ver ese pantano, total son siete kilómetros. Se conoce que alguien debió arramblar con el mojón del kilómetro siete porque tarda en aparecer y en su lugar llega el octavo, y luego algunos más hasta el catorce. Hay quien escribe folletos poniendo las cifras a bailar. El campo luce esplendoroso, como la tarde. Poco a poco, el paisaje de olivares y terreno calizo va cambiando conforme se sube. Aparecen entonces pinos y matorrales bajos que van cambiando el contorno del horizonte. El pantano no aparece. El visitante se anima como puede.

– Seguro que está detrás de la próxima curva y por eso no se ve. Allí hay árboles.

Pero el camino sigue. Hacia el kilómetro diez hay un desvío hacia El Fontanar. Joer, pues no está lejos ni nada. Por el viejo parecía que estaba al volver la esquina. Ese lugar habrá que verlo otro día, parece interesante y se ven un par de lagunas. En un cercado junto al camino, un ternero junto a su madre mira con cierta lástima al viajero.

Al fin se deja ver el pantano de La Puebla. Es enorme y está colmado, debe andar a más del 80 % de su capacidad. El agua está oscura y parece muy profunda a juzgar por el lado de salida de la presa, donde la altura es de vértigo. El final de la extensión de la lámina de agua ni se intuye.  Al visitante le agrada ver tanto líquido allí, contenido, manso, después de tanto tiempo cayendo por doquier de los cielos encabritados. Está uno del mal tiempo hasta los anticiclones. El muro de contención es de hormigón, más ancho por abajo y en forma de escalinata. En su lado seco el agua se filtra en pequeños chorrillos desde el inmenso mar de la otra cara. Al visitante le da por tararear When the levy breaks de Led Zeppelin por lo bajini y de repente cae. Mira que si cede… Hoy no, que estoy yo aquí. A lo mejor cuando me vaya. Por si las moscas, la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir mantiene cerca un par de viviendas para los vigilantes de la presa. Son casi chalets, con barbacoa y zona de juegos infantiles.

En un recodo junto al muro se ve una porción de la superficie de color marrón rojizo, quizá abonos y otras porquerías arrastradas de los campos de alrededor. El espesor del líquido es tal en esa zona, que las botellas y garrafas de plástico arrojadas sobre él no flotan, sino parecen levitar. Ni se mueven, son seres auténticamente inertes. En la torreta que aloja los motores de las compuertas alguien ha escrito un Te amo Gordo con espray. Lo lógico es pensar que un tal Gordo declara su amor por alguien, pero también pudiera ser que a alguien le gustan los entrados en carnes (te amo Gordo, tal cual eres o estás), o que una fémina le declara su amor a Gordo. Bueno, una fémina o vaya usted a saber quién. El patio está la mar de variopinto y para gustos colores.

Ya de regreso, el camino se hace más corto. Siempre ocurre igual, ¿por qué será?. Si la distancia es idéntica a la de la ida, la sensación de volver parece acortarla. ¿Será que al pasar a la inversa recoge uno el tiempo invertido en ir?. Qué comedura de tarro, mejor me concentro en la carreterita, que se las trae. Mientras, el sol se diluye en el horizonte entre nubes escarlata como una pastilla efervescente.

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[21 febrero 2010] Fotomatón (III): Rafael, mostachonero itinerante

Rafael era sin duda un personaje singular. Nunca he sabido su apellido, así que lo llamo mostachonero porque se dedicaba a vender dulces mostachones en los trenes de cercanías. Era un vendedor más itinerante que ambulante, su radio de acción era de ida y vuelta en la misma dirección pero en sentidos contrarios, como el péndulo de un reloj. Vestía impecablemente trajeado de color azul RENFE, un color profundo y hasta un poco feo, con corbata a veces blanca, otras gris y hasta una naranja apagado que se había colado en el atuendo, vaya usted a saber cómo. Los zapatos, siempre negros y repulidos. Cualquiera hubiese dicho que Rafael estaba listo para saltar a cantar o bailar en cualquier festival flamenco de los que se estilan por las tierras sureñas.

En la estación Rafael cargaba una caja de cartón grande y alargada abierta por arriba llena de paquetes de dulces. Lo primero que llamaba la atención cuando uno reparaba en él, era el contraste entre lo peripuesto del personaje y aquella caja que sujetaba con una vulgar cuerda de pita atada a los lados más largos. Pero Rafael sabía llevarla con arte, no como otros que vendían mostachones en Sevilla, meros aficionados que la cargaban al hombro. Rafael ni se despeinaba subiendo o bajando de los trenes con la caja y es que lo suyo era un asunto serio, al menos así se lo tomaba él. Yo creo que hasta él mismo se consideraba un asunto serio.

En los trenes de más larga distancia, Rafael solía tener un complemento en otro individuo más joven, éste vestido de blanco por el estilo de un cocinero de restorán, que vendía bocadillos y refrescos. Rafael y el de blanco sabían complementarse haciendo pasadas por los vagones de manera alterna para no pisarse la clientela. El de blanco se anunciaba con un soniquete siempre igual y con la voz nasal impostada:

 -Cerveza, bocadillos, Fanta fresca… Cerveza, bocadillos, Fanta fresca…

 Estaba claro que el de blanco no tenía imaginación alguna y resultaba pesado de escuchar catorce veces a lo largo de un trayecto de una hora de duración. Rafael, en cambio, era de otra pasta y además sabía lo que se traía entre manos. El plan de trabajo comenzaba dando dos largas pasadas de punta a punta del tren con dos simple paquetes de dulces en las manos (nada de cargar con cajas ni tirar de carritos de bebidas como el otro), bien estirado, serio y anunciandoel producto de una forma que se haría famosa durante años en toda la zona ferroviaria:

 -Utreeeera, mostachoooones…

 Cuando veía que el personal se ensimismaba con el paisaje, el cansancio o una conversación cualquiera, Rafael llamaba la atención con un

-Niño, por aquí.

 mostrando la mercancía como si se tratase de las joyas de la corona británica.

 Lo mejor venía luego. Después de tomarse unos minutos para el pitillo, y de paso descansar al personal, Rafael volvía a la carga. Entraba en un vagón, se situaba en el centro y con las piernas abiertas cual duelo en el oeste, sacaba un hato de tablillas de madera que llevaban pegadas cada una cuatro cartas diminutas de la baraja española. Las tablillas estaban oscurecidas ya por el tiempo y el sobe, algunas tenían hasta muescas de tiempo inmemorial. Tras chascarlas como director de orquesta ante sus músicos, iba ofreciéndolas a cinco duros la tirada. Casi siempre había una señora o un vejete que picaba y pedía una. Luego, Rafael sacaba una baraja de verdad y se la daba al primero que pillase para que la cortara y sacase una carta.

-¡El dos de copas! ¡Niño! ¡El dooos de cooopas!

 Curiosamente, aunque no le hubiese tocado a nadie el premio del paquete de mostachones, siempre ganaba el mismo:

-¡Ahí está! ¡El “melitar” de Jerez ha ganao!¡Míralo!

El mentado “melitar” podía bien ser una vieja, un señor calvo y gordo como un sollo o simplemente nadie. Rafael parecía tener una especie de obsesión con que le tocase siempre al mismo, fuera quien fuera. Tampoco se sabe por qué el servidor de la Patria tenía que ser precisamente de Jerez, y no de El Puerto o de Jarandilla de la Vera, pero lo cierto es que siempre era uno y el mismo. Se conoce que llevaba todas las papeletas (tablillas) de la rifa.

Tras la primera tanda, Rafael siempre intentaba una segunda:

 -¡Ahora vamo a eshá otra!

 El perdedor de la tirada anterior solía contestar un desairado

 -¡Cá! Yo no quiero más.

 Pero la viejaruca que veía la oportunidad de malgastar cinco duros de pensión en unos mostachones para la nieta, se lanzaba de cabeza.

 -Dame usté una pa mí.

 Naturalmente, perdía. En alguna rara ocasión, Rafael se apiadaba del alma cándida y le regalaba el paquete de dulces sin mediar palabra y porque sí, porque le daba la real gana. La misma razón por la que el ganador siempre era quien era y no otro.  Sólo una vez ví a Rafael, ya serio de por sí, ponerse de perfil con la mirada atravesada, herido en su orgullo. Un día un tipo se atrevió a cuestionarle el oficio y el beneficio mientras estaba con lo de las tablillas.

– Y el tío este… Seguro que no tiene permiso ni pa vender ni pa jugar en los trenes.

 Rafael al oirlo, pegó un respingo, se le acercó y le enseñó una placa negra rectangular inscrita con letras blancas, supuestamente de la RENFE, que ocultaba bajo la solapa derecha de su chaqueta.

-¿Lo ve? Mira, de la RENFE. Hay que saber lo que uno dice, ¿vale? No vayamo ahora a tontería…

El tipo se achantó y se mordió la lengua, acaso por no liarla delante del personal que viajábamos en aquel vagón. Con el paso del tiempo, y recordando aquellos años, uno ya no está tan seguro de no haberlo soñado. Todo se vuelve un poco surrealista. ¿Qué diablos hacía un gitano de Lebrija vendiendo mostachones de Utrera y haciendo rifas vestido de la RENFE? ¿Sería auténtica aquella placa negra? ¿Quién le dejaría vender y jugar? ¿Sería legal?

Rafael despareció hace ya muchos años y no lo he vuelto a ver. Ahora desde luego no hay sitio para tipos como él en los cercanías y menos en los trenes de media distancia. Todo está limpio y plastificado, la gente lleva cara de momia mirando el móvil, el iPod o el portátil y no tiene ni tiempo ni ganas de rifas. ¿Será que ya no somos tan diferentes?

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[16 enero 2010] En Huebro

Hace unas semanas volví tras casi una década a Huebro en busca de paz. Allí la hay y en abundancia, lejos de los penosos restos de fin de fiesta que nos han dejado 15 años de voraz consumismo del personal: en lugar de copas rotas, confeti pisoteado y aseos mugrientos, tenemos paro, letras sin pagar y olor a orines por las esquinas. Quedan aún los últimos en irse, esos borrachos que se aferran a tomar la última, en vano intento porque siga una fiesta más que terminada ya, los políticos trasnochados que padecemos a diestra y siniestra. La resaca es dura para todos, los que estuvieron de parranda y los que no estuvimos. Tiene guasa tener resaca sin haber bebido ni trasnochado.

 Huebro es apenas un puñado de casas y su iglesia, limpia, enjalbegada y de buen tamaño, dedicada a laVirgen del Rosario. Hay también lo que queda de un castillo aún más arriba. En realidad hay más casas que habitantes porque de éstos sólo quedan tres permanentes: un pastor, su mujer y otra señora mayor que vive sola. Oficialmente dicen que tiene 27, pero no se ve un alma. Curiosamente todo está limpio y en orden, como si los moradores acabasen de acostarse. Las casas cerradas pertenecen a gente que vive fuera, en Níjar o incluso en Barcelona. En agosto el pueblo se llena de niños y visitantes porque es la época en que regresan a sus orígenes los hijos y nietos de la emigración.

 La razón de ser histórica de Huebro es su manantial, llamado de la Zanja. Hoy sus aguas se embalsan en una gran alberca para riego, pero en tiempos llegó a mover casi treinta molinos que se apostaban a lo largo de la escarpada pendiente de su cauce que corre en dirección a Níjar, unos 5 kilómetros más abajo. En la plaza, único espacio ancho que hay en el pueblo y que también sirve de ocasional cancha de baloncesto, han tenido la feliz idea de hacer un banco corrido apoyado en una balconada que sirve de espectacular mirador. Delante del telón de fondo del Mediterráneo, la costa, más cerca Níjar y sus campos, y aún más cerca las escarpadas huertecillas verdes que jalonan los pies del pueblo.

Me siento a ver pasar las nubes y a imaginar sus formas: caballeros lanza en ristre, dragones alados y hasta el rostro de un piel roja con una pluma colgando que vuela sin billete de regreso. Allí me doy cuenta que es una suerte que no haya lugares para albergar al forastero, ni posadas rurales, ni hoteles, ni gaitas. Huebro es para ir, aguzar los sentidos atrofiados y regresar. De otra manera todo acabaría seguramente como ya hemos visto en tantos lugares: llenos de disco-pubs, tiendas de recuerdos-baratija, mochileros de coleta, alternativos y zarrapastrosos, u horteras de chanclas mancillando con sus asquerosos pies los limpios bancos de la placita. Mejor así, como está.

 Me acerco a la alberca y al lavadero a oir el rumor del agua, el único sonido en Huebro. De regreso me topo con el pastor y su perro. Me pide un cigarrillo y me habla de su hijo, está preocupado el hombre:

 – Todavía no l’ha dao por encontrar jembra.

– Bueno, hombre, cuando menos se lo espere, tiene hasta nietos.

– ¡Quiá! Más quisiera yo. Esto está mu solo, aquí sólo los fines de semana se llena el bar. Viene bastante gente.

 De camino al coche vuelvo a leer el epígrafe que un tal A. Asensio, ingenioso poeta aficionado, talló en 1947 en la roca viva. Quizá más bien lo hizo grabar, los poetas no suelen tener manos duras, hechas a asir mazas, sino blancas, feminoides y algo blandiblú. Aunque no todos, Alberti las tenía de carnicero, anchas y regordetas, y Aleixandre de carterista del metro, con dedos largos, huesudos como ganzúas.

 EN UN EMINENTE
LUGAR DELICIOSO
AL PIE DEL INGENTE
PENACHO ROCOSO
HUEBRO
CON SU RICA FUENTE
Y SU VIRGEN DEL ROSARIO
ETNELECXE AMILC US ROP
SE
OIRAUTNAS Y OIROTANAS
ETNEYERC LED Y OMREFNE LED

 Cuesta abajo hacia Níjar me paro a tomar unas últimas fotos del pueblo en la lejanía. Aún se lee perfectamente el VIVA HUEBRO que luce pintado en blanco sobre la montaña que corona el lugar. Es como un grito cara al mar y al viento destinado a orillas lejanas.

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[5 noviembre 2009] Adios a Alberto Fernández Bañuls

La noticia la he sabido hoy aunque ocurrió hace no muchos meses. Se fue Alberto, o para mí Don Alberto, mi primer director en el instituto donde estudié el Bachillerato. A Alberto, y a mí, nos tocaron años de cambio por aquellos finales de los setenta. Vivimos entonces lo que llaman la Transición, que mucha gente cree que fue política, pero yo estoy en que fue mucho más social y las consecuencias aún las vemos hoy (se ven más los errores, pero esto pasa siempre en los quehaceres humanos).

Alberto fue un buen director en los pocos años que estuvo, creo recordar que sólo dos o tres a lo sumo. Le tocó bailar con un curso donde se prodigaron las huelgas de profesores, entonces llamados No Numerarios (PNNs o Penenes, no sé si suena a chupete de bebé o a otra cosa que me ahorro escribir). Su mujer de entonces lo era y recuerdo que él, sin tener que hacerlo, la sustituía mientras estaba de huelga para que no perdiésemos clase. Alberto era por entonces catedrático de Lengua y Literatura, pero se notaba que le tiraba más esta última.

El curso siguiente, una vez que todos aquellos penenes lograron lo que querían (que los hicieran fijos sin tener que estudiar oposiciones), Alberto tuvo que lidiar con una reforma del instituto que nos llevó a dar clase a un colegio aún por estrenar que literalmente estaba en mitad del campo. Había que ir y volver dos veces cada día porque había clase por las tardes. Aquel invierno nos íbamos al campo de noche y volvíamos de noche, como los jornaleros. Para colmo llovió como nunca, semanas enteras sin tregua. El camino era un lodazal y llegábamos destrozados. Alberto luchó con los melones jerarcas de la administración de UCD para que al menos asfaltasen medio camino y hubiese un policía que vigilase el cruce de una carretera muy transitada (eso también tenía tela). Aquel fue su último curso allí.

Tuvo una vida azarosa (por decir algo) en lo personal que no voy a relatar aquí (odio el cotilleo), lo cierto es que poco tiempo después apareció como preboste de Flamencología (nada menos) en algún área o hectárea de la nueva Junta de Andalucía. Cambió la enseñanza por la mamandurria, como tantos otros después. Cuando lo supe, aquello me pareció muy extraño, no podía ser. Ignoraba que aquel no era ya el Alberto que yo había conocido en el instituto. Era otro. Aún hoy me sigo preguntando cómo pueden cambiar tanto las personas, pero así es.

La última vez que lo ví después de muchos años y a sólo unos días de su óbito, coincidimos tomando café. No me saludó ni yo a él, pero creo que me reconoció. Sonreía con esa risa un poco de conejo que echó con los años, mientras charlaba animadamente con una mínima cohorte de calafates enchufados de su misma quinta más o menos. Como siempre que lo he visto desde aquellos lejanos años, me dio pena. Se perdió un buen profesor, humano y profesional a la vez. Un friki diría que se pasó al lado oscuro. Fuera lo que fuera lo recordaré por lo que dejó de ser y no por lo que fue. Descanse en paz.

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[16 octubre 2009] Regreso al Guadaíra

Hace unos días tuve ocasión de pasear por las orillas del Guadaíra en Alcalá, un río que se muestra manso aunque en ocasiones tuvo sus grandes y desastrosas avenidas. Me alegré al darme cuenta que los pescadores han vuelto a sus orillas y de que hubiera carpas enormes en sus aguas. Los pescadores, jóvenes adolescentes y algún talludo, echan la caña con la esperanza vana de atrapar uno de esos enormes peces, sin saber que las carpas saben más latín que El Tostado y que no van a picar así como así.  De hecho, varios cientos de metros más allá de los anzuelos retozan junto a un tronco de eucalipto caido en mitad del agua, mientras sus pacienzudos captores las esperan aguas más abajo. Da gusto ver a ambos. El río vuelve a estar limpio, una bendición. Ahora recuerdo cuando mi amigo y alcalareño de pro Antonio García Mora me hablaba de la lucha de una parte del pueblo por recuperar su río, convertido durante años en estéril cloaca. Parece que por fin algo ha cambiado para bien.

A lo largo de sus dos orillas, gente con dos dedos (y más) de frente se ha encargado de que los alcalareños puedan pasear y ejercitarse en un sano ambiente de verdor. El paseo, largo pero ameno y relajante, tiene la recompensa añadida de poder admirar los molinos que se asoman a este cauce desde la Edad Media con sonoros y evocadores nombres: Cerrajas, Pelay Correa, Aceña Trapera, La Tapada, Hundido, Benaharosa, Arrabal, San Pedro… Una visita realmente grata para los que ni tenemos río que merezca tal nombre, ni apenas ya molinos antiguos en donde vivimos. Y mucho menos conciudadanos con tanto civismo como los alcalareños, que reclamaron su río como su pan.

Si algún día pasas por Alcalá de Guadaíra, o vienes al concurso de modelismo, no dejes de asomarte al río y disfrutarlo, un cauce con algo de modelista también. No en vano lleva miles de años cavando hoces sin descanso en torno a la ciudad.

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[22 septiembre 2009] El tren

De niño me subieron a una máquina de tren que conducía un familiar de una tía. Poco sabía yo entonces lo mucho que iba a tener que usar este medio de transporte en mi futuro. El lugar donde vivo ahora fue siempre un nudo ferroviario importante con el sur y el este. Actualmente la mayoría de los trenes camino del sur pasan de largo a toda pastilla y los del este lo esquivan como quien huye de la peste. La estación ha quedado en la práctica para los trenes de cercanías. En tiempos llegué a conocer un importante tráfico de mercancías y paquetes camino de los más distintos lugares de España.

Viví en un barrio de ferroviarios, aunque mi familia no se dedicaba al oficio, éramos marcianos caídos de otra galaxia. De la estación próxima venían los ecos de las sirenas y el ruido de los mercancías que hacían rutas nocturnas. Cuántas noches estudiando, leyendo o soñando con el sonido de aquellos convoyes. Curiosamente (o quizá no tanto),  se escuchaban con más claridad cuando llovía o lo había hecho poco tiempo antes.

Mis primeros viajes en tren fueron más bien escapadas con los amigos a la gran ciudad. Entonces había mayor variedad de trenes. Recuerdo en especial el ferrobús de la tarde, un tren diésel de dos vagones de color plateado, que apestaba a gasoil y donde la gente se permitía lujos que hoy, en el mundo plastificado en el que vivimos, se miran mal. Un viejo escupía por la ventanilla, otro se fumaba un puro junto a un bebé, un soldado borracho vomitaba sobre los asientos verdes de escai… Lo peor era en verano. Aquella lata de sardinas no tenía aire acondicionado, eso eran lujos asiáticos, y el calor era asfixiante. Abrir las ventanillas era en ocasiones peor, ya que entraba el pestazo del gasoil a ramalazos.

Había más divertimentos por el camino. Al llegar a la primera parada hacia la capital, en un pueblo muy grande, y sin alma, en realidad ciudad-dormitorio, un grupo de arrapiezos (forma culta y olvidada del actual “hachedepé”) nos despedía a pedradas desde lo alto de un puente situado más allá de la estación. Los peñascazos sonaban poderosos sobre el techo del vagón. Me contaron que a veces acertaban en las ventanillas y que hubo heridos por cortes entre los viajeros, pero esto bien pudieron ser leyendas ferroviarias de la línea.

Con el paso del tiempo mejoraron algo los trenes, se introdujo el llamado “camello”, azul y amarillo, otro diésel más lento que un desfile de cojos, pero también más limpio y confortable, con ceniceros escamoteables en los reposabrazos de los asientos, qué nivel, Maribel. Los más comunes eran esos blanquirrojos eléctricos que se retiraron no hace todavía demasiado tiempo. Cuando se paraba el tren por avería, siempre había algún gracioso con el manido chiste de “Ya se ha pinchao una ruea”. Estos trenes ya incorporaban retrete, donde solían encerrarse los que no llevaban billete para escapar del revisor. Eso duró poco porque, avisados los revisores, donde primero miraban era allí. No obstante siempre había alguien con la suficiente cara dura para gritar desde dentro: “¡Un momentooo, que no puedo máaas!” Creían que el revisor se iba a cansar de esperar… sí, sí.

También recuerdo mi sorpresa la primera vez que hice uso del retrete. Resultaba que el hueco del retrete salía directamente al exterior, con lo que uno iba abonando la vía al marchar. Así se explicaban la cantidad de plantas que solía haber entre los raíles del trayecto y el rótulo dentro del excusado que rezaba: “No hacer uso del WC en las estaciones”.

Dependiendo del momento del día, la fauna humana era de lo más variopinta. A ciertas horas, y en especial los viernes, los trenes iban atestados de marinería cargados con unos enormes petates blancos, cerrados con candado y decorados con miles de inscripciones a rotulador o bolígrafo. Puta mili, Ya queda menos, Mª Carmen y Antonio, AC/DC, Abuelo y fechas, muchas fechas, en la mili el tiempo es un factor que transcurre de manera muy distinta a la real. Había caricaturas y dibujos realmente artísticos, recuerdo un petate ornado con dos tibias y una calavera de un mérito extraordinario dibujada con un simple bolígrafo. Los nautas hedían a humanidad y no dejaban sentarse a nadie, ni se coscaban porque una mujer o un anciano fuese de pie todo el trayecto, qué coño, para eso ellos estaban puteados sirviendo a la Patria.

Por las mañanas muy temprano el turno era de las maris (“menegildas” las llamaban en Madrid) que iban a limpiar a las casas de la ciudad. Por entonces ya comenzaban a sindicarse y a reclamar derechos como “empleadas del hogar”, término que empezó a sustituir al feudal y vasallesco “criadas” de toda la vida. Mis maris locales no le llegaban al tobillo a las del pueblo de al lado. Al iniciar el trayecto solían subir cinco o seis que sólo hablaban de los críos, los “maríos” y rajaban de los vecinos. La hecatombe sobrevenía en la primera parada. Subían entonces por docenas riendo, chillando y palmoteando (“¡Quillaaa! ¡Aquí hay zitio!”). El resto del trayecto te tocaba sufrir sus bastas carcajadas como rebuznos y las narraciones de la telenovela que veían por las mañanas en el televisor de los señoritos mientras éstos no estaban. Alguna tenía más suerte y se veía la programación de la mañana entera hasta casi el mediodía, hora de llegada de la señora pija con los nenes del cole. Luego, a cobrar y para el pueblo. Así se lo contaban unas a otras en pleno vagón. Uno, que iba medio dormido y era tan gilipollas de pretender leer un libro durante el viaje, se acababa acostumbrando a todo. Sólo fueron cinco largos años.

Del personal ferroviario que viajaba en aquellos trenes, hay que hacer parada y fonda en Rafael el de los dulces. De él escribiré otro día porque merece por sí solo un capítulo aparte. Los revisores solían ser en general malencarados y muy buenos como perros de presa. La multa por viajar sin billete era de mil pesetas, un buen pico para un estudiante o un parado. El truco del excusado pasó rápido a mejor vida, pero la gente se las ingenió pronto. Uno muy usado para viajar de gorra era subirse al tren en el último vagón, bajarse en la primera parada, que estaba a mitad de camino de la ciudad, y  volverse a subir pero en el primero. Para entonces el revisor ya había pasado por ese punto y se podía confiar en que no te pillaría. Todo era cuestión de dividir distancia por tiempo.

El trayecto duraba unos 20 minutos y los revisores solían picar billetes desde la máquina hacia el  último vagón. Cuando el tren paraba en la estación intermedia, lo normal era que ya hubiese llegado a la mitad del tren. Era el momento de “puentearlo” desplazándose a un punto por donde hubiese pasado ya. El trayecto era tan corto, que los revisores no solían volver a repasar todo el tren picando los billetes de los nuevos viajeros. Simple y genial, pero también acabó. No hubo más que controlar las bajadas y subidas del tren en la parada y acelerar el picado de billetes, para que a la segunda o tercera baja de viajeros caídos en acto de “puenteo” y marcados con multas, ya nadie se atreviese con tanta osadía. Intermitentemente había quien se la jugaba, pero no merecía la pena pagarles a aquellos caraperros las mil del ala, por ochenta pesetas que costaba un billete de ida y vuelta. Precisamente “Caraperro” era el mote que le pusimos a uno bajito con gafas y bigote que solía llevar un purito corto apagado en la boca. Tenía muy mala leche, como un cruce de caniche con pequinés.

Ahora los trenes son más rápidos, silenciosos, limpios y aburridos. Ya no pasa el revisor y nadie se molesta en torearlo porque han puesto tornos  propios de ganado bovino en los accesos a los andenes. Nadie osa ni toser, encebollados con los móviles, tabletas y demás tecnotonterías del momento. Hoy encontré a un viajero que leía un libro barato de tapas verdes (Hágalo bien a la primera). ¿Será que España ya no es diferente?

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[8 septiembre 2009] Fotomatón (II): El loco retrógrado

Fotomatón curioso. Hace mucho tiempo trabajé durante casi dos años en un pueblo grande y caluroso del sur. Conocí a lugareños de todo tipo, la mayoría buena gente, sencilla y llana, pese a que en el ambiente flotaba un tufillo tonto a quieroynopuedo de semillas selectas y sangre azul de lo más rancio. Bien es verdad que estos humos se han generalizado de tal manera en los últimos tiempos, que ya cualquiera con un tallercillo en la esquina o un currillo en una oficina aparenta ser un ricacho hortera que se va de crucero en vacaciones. El pueblo, en general, se ha envilecido, hemos perdido la sencillez, la humildad y hasta la vergüenza por un mísero plato de lentejas.  Seguimos con boina, como toda la vida, pero ahora es de diseño, que es lo mismo pero no es igual.

Entre los humanos más singulares que conocí, apareció un buen dí un joven, más bien alto y delgado, con el pelo tirando a rubio. El color real hacía tiempo que debía ser difícil de discernir, a juzgar por la cantidad de capas de mugre que lucía el sujeto.  Iba desastrado y con la barba a lo Karl Marx, con los pantalones rotos, un abrigo largo de una década anterior y una mochila a juego de suciedad. Uno de los primeros días de mi estancia en el pueblo me encontraba en una tienda hablando con el dependiente cuando reparé en él. Apareció andando hacia atrás, dió una especie de vuelta al ruedo por la tienda y desapareció sin mediar palabra por donde había entrado. Me quedé estupefacto, pero me percaté que al dependiente y a los clientes no les hizo el menor efecto.

– Sí, es un pobre loco que siempre va andando para atrás. Lleva así cosa de un año, antes siempre andaba hacia delante. Todos los días hace el mismo camino igual.

Para mí fue como una aparición aquel día, pero desde entonces solía verlo a menudo y comprobé que lo que me dijo el dependiente era cierto.  El loco caminaba por la calle principal arriba y abajo, entrando y saliendo de ciertos establecimientos y no de otros, siempre los mismos, como un autobús urbano con recorrido fijo y paradas establecidas. Sólo entraba en aquellos en los que no tenía que volverse para abrir la puerta porque estaba ya abierta de par en par, el muy cuco. También era cuidadoso. Cuando la acera se agomeraba, sorteaba con holgura los árboles o pedía permiso para pasar, reparando especialmente en los niños pequeños para no chocar con ellos o pisarlos.

– A ver, señora, tenga cuidao con el niño…

No debía ser nada fácil andar así, con la cabeza torcida sobre el hombro derecho mirando hacia detrás, pero aquel loco le tenía gogido el tranquillo al asunto y rara vez daba un traspiés. Viéndolo tomarse aquello tan en serio, yo estoy en que aquella locura del loco tenía algo de espectáculo para el público, lo imaginaba habiéndose entrenado concienzudamente, como Demóstenes frente al mar, para dominar el singular arte de la progresión retrógrada, una contradicción de términos, una cuadratura del círculo que él había hecho realidad. Aquella manera de llamar la atención (si es que era su intención) tenía los días contados. En pocas semanas hasta para mí se convirtió en parte del paisaje habitual al igual que para sus paisanos, supongo que por aquel dicho que asegura que el hombre es un animal de costumbres. Meses después dejé de verlo para siempre y aún hoy me pregunto cuál habrá sido su siguiente vuelta de tuerca.♦

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[28 agosto 2009] Fotomatón (I): José el peluquero

José era mi peluquero de siempre, un gitano serio, tirando a bajo y algo paticorto. Tenía el negocio en los bajos de una casa muy antigua, de esas con balconcillo de hierro y poca fachada exterior, en la calle conocida popularmente como El Arroyo. Tan popularmente, que hago memoria y no sé como se llama en realidad. Al final, al nivel de la calle, las cosas se llaman como le da la gana a la gente y no como se les ocurre a los políticos (menos mal).  No había rótulo en la fachada, sólo dos puertas estrechas de aluminio con ventanas, que eran la única entrada de luz del exterior.

El espacio era escaso dentro, lo justo para que no se amontonasen el tocador donde colocar las herramientas y productos del oficio, un sillón regulable más bien estrecho (los anchos de posaderas se quedaban a menudo atascados) y tres sillas duras e incómodas.  José se había permitido el lujo de meter también una pequeña mesita baja donde se amontonaban sin orden no concierto una pila de revistas sobadas, Lecturas, ¡Hola! y Semana. De cuando en cuando el parque se renovaba con algún Diez Minutos (¿sería una profecía de lo que ibas a esperar hasta que te tocase el turno?), y en ocasiones más afortunadas y raras, aparecía nada menos que un Interviú. Yo observaba que los clientes no solían cogerlo hasta que descubrí el porqué. Habían volado las páginas con los mejores cuerpos serranos femeninos de la época. No sé si José se dedicaba a la censura previa o era la misma clientela la que se dedicaba a coleccionar aquellas imágenes del paraíso masculino. A veces había suerte y la página estaba mal arrancada, lo que dejaba ver media turgencia por aquí o por allá. Para sueños eróticos con un simple pie podía bastar, para qué más. lo demás tenía que ponerlo uno, no como ahora que lo queremos todo hecho.

José era de esos peluqueros antiguos que trabajaba al ritmo del clic-clic de las tijeras. Alrededor de tu cabeza ibas oyendo ese sonidillo metálico, ahora por la derecha, ahora por la izquierda.  Sabía que José iba cortándote las greñas que tanto tiempo te había costado juntar al oir el cliiiic más largo. Clic-clic-clic, cliiiic, clic-clic-clic. Era casi como el desaparecido código Morse, con puntos y rayas pero sin mensaje, ¿o sí lo había?

Un pelado normal comenzaba por arriba, para luego ir bajando por los lados y finalizar en el flequillo y el cogote. Había como un descanso justo antes de llegar a los pabellones auditivos y José preguntaba:

– ¿Te destapo las orejas?

La pregunta no era baladí. Había a quien le importaba mostrar las orejas, bien porque no las tenía precisamente para presumir, bien porque no quería verse muy pelado. En tal caso José dejaba un par de aleros de tejadillo que las disimulaban la mar de bien. Yo siempre le decía que las destapase aunque tengo una más grande que la otra (lo bueno es que hay que fijarse, así al pasar parecen iguales). Para qué nos vamos a engañar, el ser humano no es perfectamente simétrico, esa tontada de Leonardo del Hombre Vitrubiano no son más que idealizaciones artísticas. Creo que más de uno (y una) se llevarían una sorpresa si pudiesen plegarse sólo por la mitad. Lo más normal es que las dos mitades no coincidiesen, y entonces tendríamos un nuevo síndrome para el vademécum de la psicología clínica: depresión asimétrica. Y claro, tendríamos que pagar las oportunas operaciones para corregir largo de brazos y piernas, desparejamiento de posaderas, orejas, ojos, cara, nariz, etc.  Total, ya pagamos las de cambio de sexo… Eso es por culpa de la Madre Naturaleza, que no se acaba de enterar de cómo queremos vernos para ser felices, menos mal que luego los políticos nos lo arreglan con cargo al presupuesto, que es como si no lo pagara nadie (no, qué va) y todos contentos.

A lo que iba. José era un gitano serio y trabajador, pero a su ritmo. No valía de nada meterle prisa porque no te hacía ni caso, pero no porque le gustase recrearse, sino porque le gustaba el pelado bien hecho, al menos todo lo bien que a él podía salirle. Con la navaja no se defendía mal, tenía hasta ciertos toques artísticos cuando te nivelaba las patillas. En los pelados a navaja, más que cortar parecía que acariciaba la cabeza del cliente. El final, fuese el pelado que fuese, llegaba con el rasurado del cogote. Tenía arte pero no podía evitar dejarte el lugar escocido y ardiente. Entonces José sacaba un bote de polvos de talco Calver y te los aplicaba con un cepillo de cerdas blandas. Plof-plof-plof. Una vez retirado ese gigantesco babero protector que usan en el oficio, llegaba el momento de preguntar:

-¿Qué te debo?
– Cuarenta duros.

Y salía uno con la cabeza de estreno, una rodaja de piel blanca donde antes tenía pelo (patillas, cogote, frente) y oliendo a culito de bebé. Luego llegaba la hora de mirarse en casa lo que uno sólo había medio atisbado en el espejo de la peluquería al salir. Del oficio de José puedo decir que no recuerdo trasquilones dignos de mención. Lo que sí recuerdo son varias anécdotas graciosas. José tenía gracia precisamente porque no se las daba de gracioso, como les ocurre ahora a los malafollá de Javier Cámara o Juan Diego, que la tienen allí dónde dijimos. Ya digo que José era un gitano serio, algo atípico, más gustoso de la Semana Santa que del fútbol. Flamenco no le escuché canturrear ni una sola vez. A veces, claro, venía algún amigo o conocido a pelarse y ya se entablaba algo de conversación. En el balompié se le notaban las carencias:

– Quillo dicen que Asensi sigue otra temporada en el Barcelona…
– ¿Ese qué es, un fishaje nuevo?
– No, qué va. Asensi lleva la tira de años jugando en el Barsa.
– ¡Ah!

Buena fue aquella cuando otro tipo que esperaba turno le comentó:

– Fíjate, José, el Idi Amín, el negrazo ese que manda en Uganda…
– Sí…
– Pues dice el periódico que se ha comprado un yate con misiles.

José hizo un alto en su clic-clic, lo iró serio y le contestó:

– ¿Qué? Tó lleno gachís, ¿no?
– No hombre, eso son misses… Esto son misiles, bombas.

Estoy seguro que José llegó a entrever el paraíso de las huríes, todas juntas en aquel inalcanzable yate que navegaba por un lago de Uganda.♦

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[28 julio 2009] Amalita en el recuerdo

La entrada de la bitácora hoy no tiene que ver con maquetas, amigo lector, sino con la vida, o más exactamente con parte de mi vida. Confieso que no me gusta ponerme tierno y menos en público, pero estos días junto al Mediterráneo he recordado a Amalita.  Amalia (Amalita para los que la conocimos) tenía más de 60 años de edad cronológica, pero sólo 3 de edad mental, era cariñosamente la tonta de mi barrio.

Amalita era corpulenta, de pelo ralo y aficionada a cantar cuando estaba contenta. Su enormes pulmones emitían un lo-lo-loooo de timbre masculino y sin letra cada día sobre las 8 de la mañana, porque siempre fue madrugadora como los bebés. El barrio despertaba como un cuartel al son de la primera melodía inventada por su imaginación y entonada a pleno pulmón desde su balcón y para el mundo. En realidad Amalita era muy sociable y le gustaba hacerse oir, aunque más de un vecino la maldijese en la intimidad desde el catre por practicar el arte de Caruso a semejantes horas.

Salía poco pero estaba horas en su balcón del primer piso, que era casi como estar en la calle. Cuando pasaba por delante alguien conocido le decía”¡Adios guapo!” o “¡Adios guapa!” con su lengua de trapo. En realidad la guapura del viandante le importaba una higa, lo que quería decir era que te había conocido. Aquel que no le resultase simpático o que no contestase a su saludo recibía un contundente “¡Marrano!” que resonaba en toda la calle. Más de una vez su madre y hermanos que la acompañaban tuvieron que sosegarla y decirle que aquello no se le decía a nadie para que no siguiera endiñando estopa.

Amalita fue una niña-mujer querida y ayudada, especialmente por su madre, que falleció poco antes que ella hace algún tiempo. Ahora el piso lleva unos años cerrado a cal y canto y el ruiseñor del barrio, un barrio sencillo y tranquilo, calló para siempre. Bendita Amalita, benditos tontos de barrio o de pueblo que pasaron por este mundo sin haber causado mal a nadie, pocas personas “normales” pueden presumir de ello. Dicen que tras la muerte hay otro barrio al que uno se muda para siempre. Ojalá haya un cielo para los tontos con un barrio al que Amalita pueda seguir despertando con su vozarrón.♦

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[3 marzo 2009] Una visita a Vicente

 Visita relámpago a los madriles y más breve aún a la tienda de Vicente. La tienda no tiene nombre (al menos visible en la puerta) y se la conoce por el nombre del dueño. Está en la calle Andrés Mellado, próxima a Princesa y la Plaza de España. Cuesta encontrarla porque, además de no tener rótulo, el barrio está lleno de pequeños comercios de todo tipo. El viajero, que no tiene vista de lince pero sí un sentido algo más desarrollado para las imágenes familiares, vislumbra en la acera izquierda un escaparate donde se muestran algunas cajas de Tamiya. No hay duda, allí es.

 Al acercarse, uno comprueba que el escaparate conoció mejores tiempos. Ahora luce polvoriento y destartalado. A mano izquierda algunos reactores a escala 1/72, sin duda terminados a pincel hace mucho, quizá por el propio vendedor. A mano diestra unas pocas cajas de maquetas, varias recientes, puestas de canto mirando al visitante. Ya en la puerta, al fondo se vislumbra una pequeña habitación, una antigua trastienda, donde hay un par de ojos tristes y cansados que miran con curiosidad. No es Vicente, es Chusky, un perro de lanas grisáceo de mediano tamaño que parece salido de la Guerra de Cuba. En la pata izquierda exhibe un vendaje (“Se quemó el pobre, ya es la segunda operación que le han hecho”). Chusky es viejo y por tanto sabe latín perruno. A nada que se da la vuelta Vicente, aprovecha para salirse a la calle, por eso cada dos minutos aproximadamente el dueño pregunta por él a los visitantes: “¿Y Chusky? Ah, vale, está ahí.” Vicente se desvive por el animal y éste se lo paga jugando al toreo de salón. Vicente deja a medias una frase con un comprador, o una venta, y se va a ponerle la manta más adentro, al fondo de la trastienda. “Estáte ahí quieto y no te muevas”. Chusky pone cara de conformidad y se sienta. No tardará mucho en coger la manta, tirar de ella y sacarla de la trastienda para volver a sentarse. A Chusky, que tiene ya galones, no le van a decir dónde se tiene que poner, faltaría más, su sitio está justo enfrente de la puerta, donde él pueda controlar la posición de Vicente y salirse a la próxima vuelta. Así se pasan el día amo y perro, en una especie de ritual de partida de ajedrez con movimientos alternos.

 Vicente le recuerda al viajero algún librero de viejo que conoció en tiempos, pero más joven. Viste vaqueros, jersey y zapatos de punta fina cuadrada, de hace un par de temporadas. Se mueve por la tienda con desenvoltura gracias a que tiene clasificada la mercancía: en la esquina izquierda carros 1/35 y figuras, al lado carros 1/72 y figuras, unos cuantos barcos encima de éstos, un par de estantes bajos y algunas baldas más para los libros, el resto aviones también clasificados por marcas. El centro de la tienda es para los recién llegados aún por clasificar: AZ Models, PST, AModel, Revell, un par de Caribous de Hobbycraft… Hasegawa está de capa caída, un Shimeiwa descolorido por el tiempo se ha escurrido de la balda y está de pie delante de la estantería, parece suplicar un comprador. Al curiosear por las estanterías llenas de polvo, uno comprende que la mercancía ha ido formando estratos sucesivos y así puede encontarar aún viejísimas maquetas en la parte inferior con otras más modernas encima. En el sanctasanctórum de la trastienda, que el viajero ojea de tapadillo, Vicente guarda algunos fotograbados y pegamentos en una vieja vitrina, salida tal vez de la liquidación de una farmacia, y una mesita donde ya está pintando su última maqueta: un camión 1/35 moderno de esos que transportan blindados. Por el estilo, es de los del escaparate.

 El chorreo de clientela no para, aunque nunca excede los límites del breve mostrador. Mientras el viajero curiosea, no puede evitar escuchar al dueño:

 – Ojo con esta maqueta, que es de las caras. ¿Ves? Trae resinas y fotograbados y eso hace que el precio se encarezca mucho. Eso también es cuestión del molde. Hay marcas que te hacen una tirada de 5.000 maquetas, por ejemplo, porque usan moldes de bronce que duran toda la vida y así salen tiradas de precio. Otras hacen tiradas cortas con moldes de porcelana que acaban rompiéndose, pero en cambio estás seguro de que tu maqueta la tienen muy pocos, por eso también es más cara.

 El cliente, un poco agobiado, le responde:

 – No, si yo lo que quiero es algo sencillito para empezar, a ver si cojo la afición.

Y entonces Vicente, que ya ha cuadrado al toro, se explaya:

 – Pues el día que puedas, te pasas que tengo que darte un pequeña charlita, nada, diez minutos, para explicarte cómo tienes que lijar esto y cómo has de pintarlo. ¿Tienes papel de lija? Mira, esta es lija de agua, la mojas y suavecito le das. Eso sí, con mucho cuidado que si no, te la cargas. Deberías pasarte cuando puedas para que te lo explique. Es fácil, pero hay que explicarlo.

 El siguiente recibe una breve disertación sobre por qué no hay que pegar los transparentes de los aviones con pegamento normal sino con cola. Y al próximo le perdona un euro con treinta porque no tiene cambio (“Es igual, otro día cuando vengas ya me lo das”). El viajero, que tiene en la mano un semioruga 1/72 con cadenas de fotograbado también tiene su ración, aquí hay para todos:

 – Esta es cara, es que tiene las cadenas de fotograbado. ¿Ves esas piezas de metal? Eso hace que se encarezca el precio, por eso son 19 euros y no 10 o 12 como otras.

 El viajero se siente aliviado al ver cómo Vicente cuida de su economía doméstica en los tiempos que corren. No hay duda de que Vicente si pudiera le haría también las maquetas a sus clientes, como la partera que se encargara de criar a los hijos que trae al mundo y como aquel librero de viejo que se retorcía ante la sola idea de tener que vender (y por tanto separarse) de alguno de sus preciados libros.

 Sólo por ver a Vicente y a Chusky el viajero sabe que volverá algún día a la tienda. Ojalá sea viernes por la tarde, momento de tertulia maqueteril, y tenga tiempo para escuchar al ilustre senado que, dicen, se congrega. No se lo perdería ni siquiera por comprar una maqueta.♦

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4 Respuestas a “De visu

  1. Jacobo

    Hacia tiempo que no leía algo tan vivo.Muy bueno. Volveré a entrar buscando nuevos relatos,y el caso es que entre,buscando la respuesta,al precio tan disparatado de Hasegawa.

  2. Lorena

    Enhorabuena Jesús por el blog. Acabo de terminar de leer todo lo que escribes, esta super bien y entretenido. ¡Un saludo!

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