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Los Guillermos, muerta y resucitada

LOS-GUILLERMOSAndar Córdoba es cruzar las miles de caras del poliedro que la historia dejó en este lugar. Camino al centro, el paseante se acuerda de repente de la tienda de Los Guillermos, que encontró sin buscar en Conde de Gondomar una Navidad anterior. Casi sin reparar en ello, se encamina por apartados senderos urbanos hacia la tienda que quedó sembrada en sus recuerdos de entonces. Al llegar a una esquina, se da de bruces con un  comercio dedicado al braguerío femenino.

–  No puede ser. Estaba aquí.

Para no ahuyentar a la huidiza ilusión, el paseante comprueba el nombre de la calle, sale a las Tendillas a echar una visual por las calles paralelas y perpendiculares a Conde de Gondomar y vuelve con las orejas gachas. Efectivamente, era allí pero la han quitado. Los Guillermos desapareció.

La tienda era bien conocida en toda la ciudad. El paseante aún recuerda de la vez anterior las largas colas hasta la puerta del personal en busca de juguetes para Reyes que le impidieron entrar a bichear. El paseante tiene por costumbre no mezclarse sin necesidad con la masa, no vaya a ser que se le pegue la tontería contemporánea. Los Guillermos era, en efecto, una tienda de juguetes, no de modelismo. Su enorme escaparate, enmarcado en verde, daba impresión de antiguo, y lo era. El comercio original, emplazado en el mismo lugar, se dedicaba a objetos de loza y fue fundado en 1906. Con el paso del tiempo, ya bastante avanzado el siglo pasado, cambió de género y se acabó dedicando a los indios de plástico, las muñecas Mariquita Pérez, los puzzles, y más modernamente al radiocontrol y los drones.

El paseante consulta datos y se le ocurre que el discurrir de este comercio cordobés fue similar al de otro muy popular en Valladolid, Plásticos Santos. O a los antiguos Almacenes El Águila de Almería, cerrados antes de que el paseante emigrase a tierras extrañas. También la juguetería  Alfonso, donde se aficionó a las maquetas de barcos japoneses (cosas más raras se han visto), cerró allí en los 80, cuando a su dueño se lo llevó la parca.

Enterrada Los Guillermos, el paseante se sienta en las Tendillas y se toma un café que le sabe bastante amargo, quiere creer que es por la tienda. La tarde está amenizada por una banda de siete músicos que tocan a la puerta del local. El paseante cuenta un saxofón, una trompeta, dos trombones, una tuba, una caja y un bombo, y cuando acaba su café, la banda ataca Happy de Pharrell Williams a buen ritmo. Después le llega a dar tiempo de oir música latina aderezada con algún tema de película de Walt Disney (no, no era El Rey León, era otra). Suenan bien. El de la caja es el único con gafas de sol y aprieta los labios cuando le da marcha al asunto. Se conoce que le gusta el mamporreo. El personal cordobés se deleita y algunos abuelos, a los que les han jodido la tarde encasquetándoles a los nietos, sacan a los niños a mover el culillo delante de la banda. Se oye un ole con ole y olé, aunque no pega con la melodía porque gracias a los clementes dioses esta banda no se dedica al flamenqueo barato al uso, género del subdesarrollo endémico, eterno.

El paseante junta sus últimas esperanzas y volviendo la burra al trigo, pregunta a un camarero por la tienda.

– Sí, estaba ahí mismo, pero cerró hará…

– ¿Uno o dos años?

– Qué va, más, más. Lo menos cuatro o sinco. Aquello fue la bomba en Córdoba. Salió en todos lados.

Al paseante las cuentas no le salen. Por fin concluye que el camarero es muy joven y tiene un sentido bastante laxo del paso del tiempo. El viejo Einstein ya nos dijo que el espacio-tiempo es curvo, pero no aleatorio, y dos más dos siguen siendo cuatro en las Tendillas o en Andrómeda. Buscando el dato preciso, el paseante leerá luego que la tienda comenzó los preparativos del cierre en septiembre de 2014 con una grandes rebajas. Para su gozo, descubre que Los Guillermos, lejos de estar pudriendo las malvas del olvido, ha renacido con el mismo nombre pero distinto dueño cerca del lugar, en la calle Pastores. Acaso haya tiempo en otra ocasión para acercarse a bichear el nuevo local. Al salir de las Tendillas, el paseante le dedica un último y fugaz vistazo a El Gran Capitán, que queda melancólico jinete sobre la rutina de la plaza mientras oscurece.♦

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En Capua Hobby’s

capua-hobbysCapua Hobby’s está en Gijón, en una calle céntrica que corre casi paralela al mar. Decir esto en Gijón es una obviedad, porque toda la ciudad corre y vivirá hasta el final de los tiempos paralela al mar. Encuentro la tienda al azar, buscando la sombra después de andar la balconada del paseo marítimo en un día de fresco poniente, uno de esos en los que dan ganas de hacerse a la vela hacia otras latitudes a empezar, como tantos, una vida nueva. O más bien la segunda parte (y mejor)  de la misma vida.

La tienda tiene una curiosa forma de U, que no sorprende cuando uno repara que el seno de la letra está ocupado por un portal que da acceso a un bloque de pisos. De este modo el establecimiento tiene una puerta y dos escaparates en las dos puntas de los palotes. El local es espaciosos y bien iluminado, tanto que queda bastante sitio para que al fondo echen su partida de Warhammer un par de jóvenes enfrascados en lo suyo. No dan ruido y hablan quedo, asi que el visitante pasa unos instantes concentrado, bicheando las largas estanterías de cajas, bien organizadas por tema, marca y escala.

Es día tranquilo y no hay mucho movimiento, y el que hay es apenas de entrar y salir (compras rápidas o consultas). Los del Warhammer siguen a lo suyo, pero cuando llego al final del periplo bicheador, algún problema debe haberles surgido porque el juego, que transcurría como un partido de cricket entre caballeros de Eton College, se detiene. Uno de los jugadores se queja de algo que se ha roto y en seguida se ofrece el personal de la tienda a ayudarle. Entonces el viajero recuerda haber leído tiempo ha en Google un par de críticas negativas sobre la atención al cliente del establecimiento. Algo no cuadra.

Me llevo un par de cosas rebajadas y cuando me toca el turno, la dueña aparece con un bote de pegamento de regalo, obsequio de la tienda. Al salir reparo en unos libros de Squadron de saldo. Viéndome mirarlos, la dueña vuelve a acercarse.

– Coja los tres que quiera, se los regalo.

– Muchas gracias, pero no sé si…

– Los que quiera, no se preocupe.

Uno le hace caso, (quien manda, manda) y toma lo ofrecido con el pudor de quien parece estar engañando a un inocente. Regomello, le dicen a eso en Almería. El visitante, en los tiempos de “coge-la-pasta-y-corre” en los que vivimos, sigue siendo hogaño el mismo jililea de antaño.

– Nada, no se preocupe. ¿No se las he ofrecido, yo? Se los pongo en la bolsa.

Cuando Margarita, así recuerdo que se llama, se entera de que estoy de paso, también se ofrece a guardar la bolsa en la tienda hasta la hora de apertura vespertina (es casi mediodía) para no tener que andar por Gijón tirando de plástico. A estas alturas, uno ya tiene la certeza de que en Google, como en las redes “suciales”, decir majaderías sale gratis. Por eso hay necios juntaletras a tutiplén por esos lugares. Nada de mala atención al cliente, más bien el visitante se siente abrumado por la amabilidad del personal. En pocos lugares le han tratado así de bien, y piensa que es lástima vivir tan alejado de este lugar. Gijón y Capua Hobby’s tienen ganado un hueco en futuras correrías norteñas.♦

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Adios a Hobby Sur

hobby-sur-sevilla1Hace menos de dos meses visitaba por última vez Hobby Sur, la tienda de maquetas de toda la vida (de casi toda mi vida) en Sevilla, sin saber que aquella sería la postrera ocasión en la que vería a Antonio tras el mostrador. Hoy me he topado con el cierre echado, los escaparates vacíos, correspondencia sin recoger bajo la puerta y un cierto desorden en lo poco que podía verse del interior, que hacía suponer un desalojo rápido sin mirar atrás, como esos que uno hace para evitar el dolor de desperdirse de los lugares donde ha sido feliz. Miento: aún quedaba un diminuto helicóptero colgado del techo de uno de los escaparates. Se conoce que lo dejaron allí, libélula muerta dentro de un acuario, como mudo testigo de lo que una vez fue y ya no volverá a ser.

La tienda venía pasando por dificultades. El radio-control ya no daba lo que otros años dió en  reparaciones y ventas, las maquetas menguaban (aunque en mi última visita los estantes no estaban en sus horas más bajas por lo que pude ver) y además no tenía sitio web, lo que le impedía competir con otros negocios del ramo. Hobby Sur estaba cada vez más solo. Resulta irónico que, tras cruzar el océano de la crisis durante estos largos años, la tienda se nos muera al llegar a la orilla, justo ahora que dicen (habrá que verlo) estamos saliendo del agujero. Ahora el negocio abre con otro nombre fuera de Sevilla, en un polígono industrial donde Dios perdió las zapatillas y que no pienso molestarme en buscar.

¿Qué habrá sido de aquellos Polikarpov R-Z y GAL Monospar de Azur que siempre encontraba en el mismo lugar durante años y años? ¿Y de aquellas Hasegawas que nunca se vendían: un P-40, una caja de pilotos…? ¿Y de las más recientes de Dragón y Trumpeter? ¿Y de las figuras de metal pintadas que había en una vitrina? ¿Y del mostrador cutre y lleno de muescas de todas las épocas? Omnia vanitas et umbra sunt. Pulvis sunt et cineres, como se dice en el Magnificat.

Recordaré la tienda de República Argentina y los buenos ratos que allí pasé entre el personal, vecinos, algún bebé, perros y los cachivaches modelísticos durante décadas. Aunque no soy nostálgico, se me va a hacer difícil no volver a coger avenida arriba, hasta llegar a la puerta azul presidida por el mismo logotipo estilo años 70 que conocí de chaval. Descansen todos estos recuerdos en paz junto a Hobby Sur.♦

 La tienda y su ambiente  descritos en otro lugar y momento de este blog.

hobby-sur-sevilla2*1976 fue el año en el que yo conocí la tienda, el establecimiento bien pudiera haber comenzado un año antes.

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En Plastic Models FGordon


Viaje casi relámpago a orillas del Guadalete para conocer a Luís Javier Guerrero y su sueño, llamado Plastic Models FGordon. El día es espléndido y los campos verdean pese a la seca primavera que llevamos. Paso por Espera, un cubo de cal arrojado a los pies de su castillo. La carretera serpentea entre colinas y uno casi agradece las curvas que ofrecen perspectivas diferentes de paisajes bucólicos y solitarios. Ya en Arcos de la Frontera, veo llegar a Luís. Lo reconozco por su semblante afable y en seguida me abre con generosidad las puertas de su casa.

Luís vive como sueña y sueña como vive. Su hogar está lleno de libros, cuadros y maquetas, en vitrinas y en cajas. En seguida conectamos. Me enseña los trabajos de su hermano Juan Antonio para la Enciclopedia de la Aviación de la Editorial Orbis, El Mundo de la Aviación, Cuerpos de Élite o Nam de Planeta. También el propio Luís colaboró en algunos de ellos ayudando a su hermano. Le comento que recuerdo haber visto la publicidad de las dos últimas obras en la televisión de la época.

– Lo de Nam fue un trabajazo. Gracias a un conocido que estaba en la base de Morón y tenía contacto con algunos americanos que conocían la jerga que usaban en Vietnam, pudimos enterarnos de mucha información que se nos hubiese escapado sobre aquella guerra.

 Luego me enseña sus vitrinas de maquetas, bien nutridas,  y me habla de la ilusión que le ha hecho volver a encontrar la primera maqueta de avión que hizo de niño. Me la muestra junto a las cajas de aviones que atesora. Se le ilumina el semblante.

– De estas no me gustaría tener que desprenderme. Me gustan los aviones, especialmente de hélice, y estas son las que quiero quedarme para siempre.

La conversación de Luís es agradable, sin aspavientos te transmite su pasión por el modelismo y uno vuelve a entender lo que siempre fue esta afición cuando aún no existían internet, los foros, las tiendas en línea, las marcas chinas, los sitios webs ni los concursos a la manera que los vemos hoy. Donde hay pasión por la historia y el coleccionismo, una ilusión por montar y pintar a escala, allí se enciende la llama del modelismo en sus múltiples facetas. Alguien escribía hace un tiempo, creo que en un foro, que la mayoría de modelistas de este país no salen en foros ni casi aparecen por los concursos. Luís es un ejemplo.

Luís tiene su almacén en un altillo desde el cual la vista de Arcos es magnífica. Todo está limpio y ordenado: por temas, por fabricantes, por escalas. De haber tenido algo de más tiempo, bien me hubiese gustado poder bichear, pero se puede hacer también a través de su web, que a la manera platónica resulta ser un trasunto  cibernético de la verdadera realidad que se encuentra ante mí: Revell, Airfix, Tamiya…

Luís me presenta a su familia, su agradable mujer y su hija, que viene de jugar con sus amigos y me saluda con toda naturalidad, una chiquilla bien guapa. Hablamos de otras cosas, de las cornás que da en ocasiones la vida. Se hace tarde y tengo que marcharme, pero quedamos emplazados para otro día, ojalá sea pronto. A ver si le dedicamos un ratito a la arqueología, otro tema-pasión que compartimos.♦

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En Hobby Sevilla


En Hobby Sevilla he estado sólo tres o cuatro  veces. Me enteré de su existencia por casualidad, como a veces suceden estas cosas. El local ya no está donde muestra la imagen, pero sí muy cerca de este lugar, en un barrio adecentado y rescatado de la prostitución y la droga de otras décadas, junto a la Alameda de Hércules. La tienda tiene hoy más aspecto de garage.

Este comercio siempre fue singular por lo que vendía. En tiempos encontré precisamente ahí los barcos escala 1/700 de la serie SkyWave de PitRoad, una rareza fuera de Japón y una esquisitez en modelismo naval hace una década. Jordi Rubio también los vendía, pero los importaba con cada pedido, mientras aquí en el Sur podíamos darnos el gustazo de comprarlos directamente sin pagar aduanas ni peajes. También Hobby Sevilla era (ya no) el único lugar donde adquirir acrílicos de Tamiya en toda la ciudad. Ignoro por qué en otras tiendas no los vendían/reponían y siguen sin tenerlos.

Maquetas nunca hubo muchas, se dedican más bien al radio control, que deja más dinero en repuesto y reparaciones, pero solía haber siempre al menos una vitrina con aviones, barcos y algunos carros. Mi última visita me dejó un poco desconsolado. Las últimas ocupan un ángulo muerto para el visitante, capitaneadas por algunos ejemplares del Super Etendard de Heller. En la salida, una cochera, hay un par de expositores con pinturas de Humbrol y las ya mencionadas Tamiya. El resto no son maquetas. Hice la vista del médico y no me dio tampoco por preguntar sobre otros productos de esos que llaman auxiliares, pero supongo que algo tendrán. Salí, ya digo, desconsolado, triste. Quizá cuando el tiempo (los tiempos) mejore, vuelva a llegarme a probar suerte y a echar una parrafada, sobre todo ahora que el paseo es más limpio y las viejas putas de moño cañí no te llaman desde las esquinas de la Alameda. Un alivio.♦

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En Hobby Sur

A Hobby Sur voy por temporadas, más que nada porque me pilla a trasmano, aunque en ocasiones voy expresamente porque siempre sé que encontraré un soplo de vida cotidiana en cada rincón. Conocí la tienda hace muchísimos años, puede que más de 30, cuando también iba con los amigotes aficionados al radiocontrol de los que escribí en una entrada anterior.

Por entonces era una tienda espaciosa, muy bien iluminada que atendía un señor mayor con gafas que se asomaba al mostrador situado al fondo. Maquetas no recuerdo, seguro que las habría, pero tenía cantidad de cachivaches para el radiocontrol (motores, hélices, etc.)  en estantes modernos a lo largo de tres extensas paredes. Recuerdo mejor los listones y tablas de balsa ordenados por grosores y longitudes a la izquierda, según se entra. Eso es lo que recuerdo, pero mis recuerdos no tienen que coincidir con lo que fue realidad. Es una imagen que tengo grabada en la memoria, pero bien podría estar deformada. Más de tres décadas en ocasiones son demasiadas para los fotogramas de una vida.

El Hobby Sur de hoy es distinto, más pequeño, peor iluminado (falla un fluorescente del centro, se enciende y apaga como en una discoteca, y chisporrotea quejándose) y, sin embargo, a mí me gusta más. Me gusta la proximidad del personal que atiende, Antonio y familia, y la del que entra, gente del barrio que a veces simplemente se da una vuelta para charlar de cosas cotidianas o echar un pitillo dentro, porque aquí no han llegado aún las pejigueras de ese personal que aulla por tragarse el humo del tabaco ajeno y aceptan de buen grado el del tráfico a todas horas. Cuando al personal le da por ponerse estupendo, suele joder la marrana a los demás, además de hacer el tonto más de lo necesario. España, país de extremistas y noveleros, es así.

El negocio, como todos, lucha por la supervivencia. El radiocontrol da juego gracias a que parte de la tienda es también taller de reparaciones y vienen chavales, especialmente por la tarde, que traen a recomponer sus bólidos cascados. También hay planeadores de formas futuristas en recias cajas enormes en altas estanterías que a veces encuentran comprador. Maquetas hubo muchas en tiempos, ahora hay menos. Cada vez que voy compruebo que van cediendo el espacio conquistado durante años a otras aficiones: puzzles, figuras, slot, automóviles. Queda aún un reducto donde se han hecho fuertes algunos aviones de Hasegawa antiguos y HobbyBoss nuevos, liderados por una antiquísima Special Hobby que siempre está allí, oscura y destartalada, como un general Custer con sus últimos fieles en pie. Las Italeri también van menguando, cuando no ha mucho eran casi legión en largas pilas. Ahora están al borde de la extinción. Los carros pequeños tienen bien defendida su posición y más que disminuir, parece que aumentan a cada visita. Sin embargo sus hermanos de escala mayor han cedido mucho terreno también.

Entro, saludo, vagabundeo un poco y me entretengo mirando unas figuras de saldo. Casi sin darme cuenta, algo se acerca y me roza los tobillos. Es una perrilla minúscula que temo pisar al menor movimiento en falso. Me dicen que se llama Berta mientras el animal se desvive haciéndome fiestas e invitándome a jugar. La acaricio y de inmediato aparece otra similar, pero algo más grande (sólo un poco) que la imita.

-¿Y esta? Son iguales a diferente escala.

– Es Paca, la madre.

– Con razón.

Da gusto verlas retozar mansamente por la tienda, mientras juegan. Entra un señor mayor y se sienta un rato con la enana en el regazo acariciándola. Se conoce que es de confianza. Antonio va de aquí para allá. Entra, sale, enciende un cigarrillo, lo deja en el cenicero, vuelve a entrar, atiende tras un mostrador con muchas muescas de otros tiempos. La radio comercial se oye a todas horas por el hilo musical, es el contrapunto a la vida que va pasando por debajo, pegada al suelo de los quehaceres humanos.

En la tienda la mañana y la tarde sevillanas tienen su público y su afición, como Joselito el Gallo y Juan Belmonte, o el Betis y el Sevilla. Modelistas sólo he encontrado los sábados por la mañana, mientras que las tardes están más reservadas a los representantes y a la chavalería apasionada por la velocidad y la mecánica. La mañana parece que es más del vecindario mayor, que sale y se pasa a echar una parrafada o dar un recado.

Jamás dejaré de llegarme a Hobby Sur de cuando en cuando. Aunque no haya maquetas ni pinturas, aunque ya no vendan pegamentos o cuchillas. Me gusta la tienda y su gente tal como es. Me conformaría con sentarme en un rincón y,  si tuviese el talento de un Dickens, un Dickens sureño, dibujar con palabras la vida que sigue colándose bajo la puerta cada día.♦

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En Cuevas

Hace unos días volví a la tienda de Cuevas en Sevilla. Me resulta curioso recordar que la primera y siguientes veces que fui a este comercio era apenas un mozalbete que acompañaba a mi amigo Juan y sus hermanos Emilio y Rafa, por entonces locos por el aeromodelismo, a comprar madera de balsa, motores y combustible, una especie de alcohol rosáceo de olor agradable. También íbamos a HobbySur, pero de esta tienda hablaré otro día. Yo no compraba, me limitaba a ver, oir y dejar hablar a los que entendían. Por entonces ya hacía maquetas, pero no se me ocurría bichear nada. Primero porque llevaba lo justo para el tren y segundo porque cuando podía comprarme algo, lo hacía en El Corte Inglés, tercera planta, juguetería, donde todo estaba más a la vista, se podía coger y “sopesar” en la mano. En los almacenes siempre me quedaba con las ganas de llevarme algún carro de Tamiya, pero unas prohibitivas 500 ptas. lo hacían imposible. Por eso tiraba  a lo pequeño y económico, 1/72 y gracias. No me quejaba, me dí cuenta pronto que era mejor tener en casa muchas maquetas pequeñas que pocas grandes.

La bonita rotulación en azulejo sevillano sobre la puerta nos confundió a mis amigos y a mí durante años. La llamábamos “7 Cuevas”, como si fuese un Sacromonte granadino trasplantado. Luego pasé a denominarla “J. Cuevas” y hace poco me he dado cuenta de que la primera letra es en realidad una “F” algo arisca. La situación de esta tienda es ideal, en pleno centro y hermanada en la Plaza de San Francisco con el ayuntamiento hispalense. Un sitio de paso donde siempre hay alguien y que suelen curiosear muchos extranjeros de variopintas nacionalidades, atraídos por unos escaparates bien surtidos de mil cosas diferentes. A mí particularmente ( y no suelo ser el único) me gusta pararme a ver las herramientas: taladros, fresas, aerógrafos, pinzas, lupas… En tiempos hubo también maquetas hechas, la última que recuerdo, y que estuvo años, fue un crucero o acorazado británico, ¿un Hood quizá?.

A Cuevas hay que ir con la lista de la compra hecha y, si puede ser, con las preguntas preparadas, aunque en esto último cabe algo más de improvisación. Y es así, más que nada porque dentro hay mucho, muchísimo más de lo que se ve y el espacio para el gratificante bicheo es reducido. El personal atiende muy bien y aconseja mejor. Conoce el género y lo localiza con precisión y celeridad. Muchos comercios en Sevilla, y este es uno de ellos, están enfocados al trato directo con el cliente, a hablar encima del mostrador y no al puro coge, paga y vete de las modernas superficies comerciales. Por eso, repito, hay que ir con las ideas claras si se sabe qué se va a comprar o preguntar. La anécdota de mi última visita me lo volvió a demostrar.

Entré a por un par de pinturas, plástico y cuchillas. Junto al mostrador hablaba con el dueño un sujeto de mediana edad de acento no andaluz, cuya mujer le esperaba fuera con una gran perra blanca y bonachona. Yo, a lo mío, a ver estas varillas de Evergreen…

Él: …y ¿no tenéiss unass cadenass…? Ess que no sé si son de HobbyBoss… No sé la marca, son para un carro que estoy haciendo.
Vendedor: Si quiere se las puedo conseguir si sabe cuáles son.

[Sin contestar siquiera, mira el expositor de Evergreen, se me acerca y vuelve a preguntar.]

Él:  Estass varillas de plásstico… ¿a cómo salen? ¿Lass tenéiss macizass?, tuboss no, de una pieza.
Vendedor: Hay de varios precios y grosores. Las que quiere están más arriba. [Menos mal, creía que me las iba a quitar de la mano]
Él: Ah, sí, estass. Vale, pues me llevo estass doss.

Mientras el cliente sigue pensando qué más se le ocurre pedir, solicito unas pinturas de Gunze.

Él: Ah, que tenéiss también pinturas de estass… ¿Sabess si van bien a pincel? Ess que lass Tamiya no cogen bien el color.

El vendedor se para antes de contestar, no vaya a ser que lo deje con la palabra en la boca otra vez. Y con razón, porque nuestro indeciso cliente, ya se ha decidido. Se va a llevar lo mismo que yo.

Él: Ah, puess dame unass como estass, de ese color o un poco máss osscuro, mejor.

Cuando me marcho, allí sigue todavía dando la murga, culo veo culo quiero. Fuera, la pobre perra blanca se deja caer en la acera muerta de aburrimiento.

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